Para qué servimos los economistas

¿PARA QUÉ SERVIMOS LOS ECONOMISTAS?

 

 

Editorial Catarata

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO

 

CAPÍTULO 1. LA ECONOMÍA POLÍTICA COMO QUEHACER DE LOS ECONOMISTAS

 

CAPITULO 2. LOS ECONOMISTAS EN LA HISTORIA

 

Prehistoria de la economía

 

Periodo de transición

 

Mayoría de edad de la ciencia económica

 

CAPÍTULO 3. LOS ECONOMISTAS. HOY

 

Microeconomía

 

Macroeconomía

 

CAPÍTULO 4. DISTINTOS ‘GORROS’ DE LOS ECONOMISTAS

 

Expertos de servicios de estudios

 

Economistas de organismos internacionales

 

Funcionarios de bancos centrales y demás organismos reguladores

 

Los economistas en la universidad

 

Economistas en los partidos políticos

 

Economistas en la función pública

 

Economistas mediáticos y periodistas económicos

 

Economistas críticos

 

CAPÍTULO 5. EL PODER EN LA TEORÍA ECONÓMICA

 

 

PRÓLOGO

 

Cuando acepté la propuesta de la editorial Los Libros de la Catarata de escribir un pequeño libro que llevara por título ¿Para qué servimos los economistas? no tenía claro su contenido ni cuál iba a ser mi respuesta a dicha pregunta. Pero a medida que iba avanzando sus páginas, y más ahora después de haber finalizado su elaboración, no me cabe duda de cuál es la contestación: en su mayoría, los economistas se han dedicado en todas las épocas a legitimar el statu quo y a justificar las estructuras de poder. Tanto a lo largo de la historia como en los momentos actuales, desde Aristóteles a Jean-Claude Trichet pasando por Adam Smith, la teoría económica, salvo raras excepciones, ha pretendido revestir de necesidad lo que en realidad era fruto de la organización social y de las decisiones humanas. Ha servido para acallar la mala conciencia y exculpar de responsabilidad a los poderosos sobre las enormes desigualdades e injusticias que se derivan de la estructura social y económica, al tiempo que se ha utilizado siempre de adormidera para que las clases bajas no se rebelen y acepten de buen grado que éste es el orden natural de las cosas y que no existe alternativa.

 

La teoría clásica y el liberalismo económico cumplieron tal función en el siglo XIX y principios del XX, disfrazando de consecuencias necesarias las negativas secuelas sociales fruto de la Revolución Industrial. Las condiciones inhumanas de las fábricas de Inglaterra y Escocia aparecieron, no como el resultado de una organización del trabajo radicalmente injusta, sino como fruto de las leyes inmutables del mercado, las de la oferta y la demanda.

 

En la actualidad, el neoliberalismo económico y gran parte de la doctrina económica presentan la globalización como un fenómeno inevitable y que exige la destrucción progresiva de las conquistas sociales y laborales acumuladas a lo largo del siglo XX. Lo que llaman globalización económica no es más que la desregulación de los mercados y la supresión de todo control sobre el capital. No constituye, por tanto, ningún ámbito inmutable regido por fuerzas sobrenaturales, sino el corolario de que el poder político democrático haya abdicado de sus funciones, retrocediendo, al menos parcialmente, a los principios del laissez faire.

 

Tal vez se pueda pensar que la visión que ofrece este libro es pesimista y que expresa una opinión muy negativa acerca del quehacer de los economistas. Es posible, pero si es así, lo es tan sólo porque, al fin y al cabo, y como profesionales, somos meras piezas integrantes de un mundo y un sistema que son así. El pesimismo se incrementa, sin duda, al ser conscientes de que, desde hace al menos treinta años, estamos inmersos en un proceso involutivo que amenaza con arrasar los escasos logros conseguidos en materia social y laboral, y que tiende a cotas de mayor desigualdad y a recalar en situaciones de injusticia que creíamos definitivamente superadas.

 

Ojalá se produzca un giro y los profesionales de la economía ayudemos a desmontar las arquitecturas creadas para ocultar la verdadera realidad. Pero ese nuevo escenario sólo será posible si previamente aceptamos que la mayoría de las situaciones no derivan de leyes científicas inmutables o de procesos históricos inmodificables, sino de decisiones, y de decisiones políticas. Eso sería lo mismo que asumir que la economía es ante todo política y que, en los tiempos actuales, la política en les gran parte es economía.