31-01-2014

La crisis no es un paréntesis

 

El Gobierno y gran parte de los medios de comunicación hablan de la crisis económica como si se tratase de algo pasajero, un paréntesis, todo lo largo que se quiera pero del que un día saldremos para retornar a la normalidad. Y aquí no ha pasado nada. La realidad, sin embargo, es un poco distinta. Aun cuando en algún momento comience a vislumbrarse una cierta mejora, las cosas nunca volverán a ser como antes. Habremos retrocedido muchos años en materia económica y social y, por qué no decirlo, también política.

 

El mercado laboral se habrá transformado radicalmente, perdiendo los trabajadores casi todos su derechos, esos derechos logrados con gran esfuerzo a lo largo de la historia. El empleo será precario y parcial y el despido aparecerá siempre como una espada de Damocles que obligará al trabajador a aceptar las condiciones laborales que le imponga el empresario, por muy abusivas que sean.

 

Las pensiones, al haberlas hecho depender exclusivamente de las cotizaciones sociales y una vez eliminada la obligación de actualización, serán cada vez más reducidas, y las prestaciones más elevadas se irán poco a poco asimilando a las bajas, de manera que al final solo existirá un pequeño subsidio que condenará a la mayoría de los jubilados a la pobreza.

 

El sistema impositivo habrá perdido en buena medida su capacidad recaudatoria. La presión fiscal de España se sitúa ahora a la cola de los países de la Unión Europea. Es inferior a la de Hungría, Grecia, Portugal, Malta, Estonia, Polonia, República Checa, Chipre, Estonia, etc., y ocho puntos menor que la media de los 17 de la Eurozona. Esta insuficiencia del sistema tributario no puede por menos que presionar a la baja las prestaciones sociales y los servicios públicos, desde la educación a la sanidad, pasando por la justicia o los gastos de desempleo.

 

Por otra parte, se renuncia a la progresividad del sistema fiscal. Los impuestos indirectos ganan terreno frente a los directos. Las declaraciones del ministro de Economía y las filtraciones del grupo llamado “de expertos”, a los que se ha asignado la función de diseñar la futura reforma fiscal, no dejan lugar a dudas: incrementos en el IVA y otros impuestos indirectos, mientras se reducen los tipos del impuesto de sociedades y del IRPF. Por supuesto, las rentas de capital continuarán gozando del trato de favor que se les concedió en las últimas reformas fiscales.

 

Pero más grave que todo lo anterior es que las sociedades han perdido toda esperanza de mejora. Tiempo atrás, fuesen cuales fuesen las circunstancias sociales, siempre se miraba al futuro pensando que sería mejor que el presente y que la sociedad caminaría hacia cotas de mayor justicia e igualdad.

 

Esta crisis nos ha abierto los ojos y nos ha hecho ver que la nueva forma de capitalismo a la que se llama globalización ha invertido el camino. Cualquier tiempo futuro será peor. El capital, moviéndose libremente, agita los mercados a su antojo. Entra en los países, los infla especulativamente y más tarde los abandona destruyendo el tejido productivo y creando miles de problemas. Desde que los Estados asumieron la libre circulación de capitales, las crisis financieras se han ido sucediendo recorriendo las distintas áreas geográficas. No han terminado aún las dificultades de la Eurozona cuando las turbulencias financieras ya están poniendo contra las cuerdas a los países emergentes. En todas estas crisis los paganos serán siempre los mismos, las clases populares. En ese ir y venir, el capital chantajea a los gobiernos para que le concedan las mejores condiciones fiscales, labores y sociales, y estos, con la finalidad de atraer o mantener los recursos financieros, accederán a sus pretensiones en contra de los trabajadores.

 

Los ciudadanos de los países de la Eurozona han comprendido que las decisiones trascendentales en su vida se toman fuera de los órganos democráticos, que sus gobiernos son títeres en manos de poderes anónimos e irresponsables: los mercados, la Troika, Berlín, Frankfurt o Bruselas; y que las elecciones son ridículas porque se termina siempre aplicando la misma política sea cual sea el programa con el que el partido en el gobierno se haya presentado a los comicios. Rajoy y Zapatero son buenos ejemplos de ello. Pero también nos podríamos referir a Hollande en Francia, que hace tan solo unos días ha hecho profesión de la teoría de la oferta dando un giro de ciento ochenta grados a los planteamientos económicos con los que ganó las elecciones.

 

A los ciudadanos de la Eurozona les ha quedado también claro que las elecciones europeas son especialmente inútiles, puesto que el Parlamento de Estrasburgo está condenado a la más radical inoperancia. El ministro de Economía alemán, Schäuble, no ha tenido ningún pudor en ponerlo de manifiesto, amenazando descaradamente con el veto si el Parlamento movía una sola coma del acuerdo tomado por el Consejo (más bien, impuesto por Alemania) sobre el mecanismo de resolución bancaria.