30-10-2015

El euro y la desigualdad

 

Son muchos los informes que se publican últimamente acerca de la distribución de la renta y de la riqueza, pero en todos ellos, de una o de otra manera, la conclusión es la misma: la desigualdad. Tanto en el ámbito mundial como en el nacional presentan cifras escalofriantes y un tanto obscenas, y cómo estas diferencias se han incrementado con la globalización y en estos últimos años con la crisis. Hace algunos días, Credit Suisse hizo público su informe sobre la riqueza mundial correspondiente a 2015, del que se desprende que el 1% más rico de la población cuenta con el 50% de la riqueza mundial, es decir, igual porcentaje que el 99% restante; y que el 71% más pobre -3.386 millones de personas- posee solo el 3% de la riqueza del planeta.

 

Con pocos días de diferencia, el 16 de octubre, y con motivo del día internacional de la erradicación de la pobreza, Eurostat publicaba un breve informe acerca de la población europea en riesgo de pobreza y exclusión social en Europa. En esta Unión Europea que presume de desarrollo y de ser ejemplo de economía del bienestar, uno de cada cuatro europeos vive en riesgo de pobreza, situación que ha empeorado desde 2008, año del comienzo de la crisis, pasando del 23,8% al 24,4% en 2014. Pero, además detrás de estas cifras se esconde una gran disparidad por países.

 

En realidad, esta variable no constituye un índice de la pobreza absoluta, sino una medida de la desigualdad económica que sufre cada país, ya que se considera en riesgo de pobreza o exclusión social aquella parte de la población que posee unos ingresos (descontando impuestos directos y adicionando prestaciones sociales) inferiores al 60% de la media nacional. Concretamente para España, Eurostat fija el límite para 2014 en 16.719 euros para una familia de dos adultos y dos niños, y en 7.961 para un hogar formado por un solo individuo.

 

De las cifras de Eurostat se desprende que curiosamente en este periodo es en los países que permanecen fuera de la Unión Monetaria donde menos ha aumentado la proporción de personas en el umbral de la pobreza; es más, entre los pocos Estados (seis) donde este porcentaje se ha reducido, los tres en los que lo ha hecho en mayor medida no están en el euro: Polonia que ha pasado del 30,5 al 24,7%; Bulgaria del 44,8 al 40,1 y Rumania del 44,25 al 40,2. Esta evolución contrasta con la que presentan los países del Sur de Europa y que han sido sometidos al rescate, o más bien diríamos a la intervención, que es en los que más se ha incrementado el porcentaje de pobreza en el periodo 2008-2014. A la cabeza se sitúa Grecia, que pasa del 28,1 al 36%, seguida de Irlanda (del 23,7 al 29,5%), España (del 24,5 al 29,2%), Chipre (del 23,3 al 27,4%) y Portugal (del 26,0 al 27,5%).

 

Los datos anteriores confirman algunas cosas que ya sabíamos. Primero, que no entrar en la Unión Monetaria ha resultado beneficioso para algunos países -al menos para sus clases bajas- y que otros, como España, han hecho un mal negocio adoptando la moneda única. Segundo, que la política de austeridad y la llamada depreciación interna, que desde Berlín y Frankfurt se ha impuesto a algunas economías, castigan de forma muy desigual a los ciudadanos, por contraposición a la depreciación monetaria que, si bien empobrece a los nacionales frente al resto del mundo, no modifica la distribución de la renta y la riqueza interior.

 

Este es uno de los grandes problemas que genera una unión monetaria sin integración fiscal, que incrementa las desigualdades, tanto entre los Estados como entre los ciudadanos de cada uno de los países, y este es el futuro que nos espera en adelante mientras permanezca el euro. El anuncio de cualquier reactivación económica suena a falso para los millones de españoles que han visto empeorar gravemente su situación económica y que no vislumbran la posibilidad de un retorno a la situación de partida, sino que más bien intuyen que la amenaza de nuevos ajustes y recortes subsiste dentro de la moneda única.