30-05-2014

El rechazo a la Unión Europea

 

Dicen que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y eso es lo que puede que les esté ocurriendo a las oligarquías europeas, incluyendo a las políticas. Aunque también puede ser que para resultar convincentes en el engaño a los demás precisen engañarse primero a sí mismas. Lo cierto es que da toda la impresión de que no entienden o no quieren entender el profundo rechazo que suscita la Unión Europea en los ciudadanos europeos y de que, dados los enormes intereses en juego, están dispuestos a pasar por encima de la voluntad popular y a mantener como sea la pantomima.

 

Los resultados de las elecciones celebradas el domingo indican bien a las claras la falta de legitimidad democrática sobre la que se asienta el proyecto europeo. No solo hay que tener en cuenta que una abstención del 57% invalida cualquier consulta, sino que ese 43% de participación constituye una media que oculta comportamientos dispares. Por una parte, se encuentran los cinco países en los que, contra toda lógica democrática, el voto es obligatorio. Eso explica el 90% de Bélgica y Luxemburgo, el 60% de Italia e incluso el 55% de Grecia. En el otro extremo se encuentra un conjunto de países con una participación tan exigua que convierte en farsa los comicios, y les arrebata cualquier sentido que quisiera dársele. Un 13%, Eslovaquia; 19,5%, la República Checa; Eslovenia, 21%; Polonia, 22,7%; Croacia, 24,3%; Hungría, 29,2%; Letonia, el 30%; Portugal, 34,5%; Rumanía, 34,7%; Reino Unido, 36%; Estonia, 36,4%; Holanda, 37%; Lituania; 37,3%, etc. A la vista de estos datos, ¿es posible afirmar con seriedad que el Parlamento europeo representa algo?

 

A esta enorme abstención hay que añadir el ascenso de todas aquellas fuerzas que, bien desde posiciones de izquierda o de derecha, están en contra de la Unión Europea, y que -eso sí- con cierta ingenuidad pretenden estar en el Parlamento europeo para intentar derribar el proyecto, o al menos modificarlo. Digo que con cierta ingenuidad porque desde el Parlamento europeo poco o nada se puede modificar, pero desde luego son expresión del descontento más absoluto con la situación creada y con la unión así construida.

 

La repulsa mostrada de una o de otra forma por la ciudadanía es tanto más significativa cuanto que los poderes fácticos de toda clase y país se han esforzado como nunca en esta ocasión para convencer a los ciudadanos de lo trascendentales que eran estas elecciones y de lo importante que es Europa para nuestros intereses, y en esa tarea no han dudado en emplear los discursos más fuleros y falaces. Especial mención merece el puesto en circulación por Ramón Tremosa, cabeza de lista de CiU. Su entrevista en los Desayunos de Televisión Española ha sido un ejemplo de cómo algunos están dispuestos a desfigurar la realidad económica y los hechos con el mayor descaro. Lo que resulta significativo tratándose de un profesor de economía.

 

Tremosa, en línea con el mantra construido por el nacionalismo catalán, presentó al Estado español como causante de todos los males y a Europa como origen de todos los remedios, lo cual no deja de ser paradójico teniendo en cuenta que CiU ha sido participe en buena medida de la política estatal y, por el contrario, poco ha tenido que ver con la seguida en Europa. Retomando un eslogan viejo, obsoleto y desacreditado -"el coste de la no Europa"-, que acuñó en 1992 Paolo Cecchini, se preguntó qué hubiera sido en esta crisis de las economías de Grecia, España, Italia, Portugal o Irlanda sin el paraguas de la Unión Europea. Es un discurso que creíamos ya desaparecido y que sitúa como la medicina lo que más bien es el foco de la infección y origen de la enfermedad.

 

Según Tremosa, nuestros salvadores han sido la Comisión y el Banco Central Europeo, cuando en realidad son el corsé que nos impide la recuperación y la salida de la crisis. Afirma también que fuera de la Unión Europea nuestra moneda se habría devaluado varias veces, pero es que es precisamente en el mantenimiento de un tipo de cambio sobrevaluado donde se encuentran en buena medida nuestros males y el mayor impedimento para salir de la crisis. A principio de los noventa y tras el error de incorporarnos al Sistema Monetario Europeo, únicamente las cuatro devaluaciones nos libraron de la crisis.

 

Para España, y para otros muchos países de la Eurozona, la crisis tiene un nombre, se llama euro. Por ejemplo, en España el origen de la crisis se sitúa en la burbuja inmobiliaria acaecida en la época precedente. En realidad hay que ir más allá, la burbuja inmobiliaria nunca se hubiera podido producir, al menos en tamaña dimensión, sin el endeudamiento exterior de los bancos españoles, y estos no hubieran conseguido la financiación si los bancos europeos, especialmente los alemanes, no hubiesen tenido un exceso de recursos que necesitaban movilizar para hacerlos rentables. Pero ni unos se hubiesen endeudado ni los otros hubieran prestado tal monto de dinero si la moneda común no hubiera sido el euro o, de hacerlo, lo habrían hecho a un tipo prohibitivo.

 

Detrás del endeudamiento exterior se encuentran los desequilibrios en la balanza por cuenta corriente que se han ido formando desde la creación del euro entre los países miembros. Unos, especialmente Alemania, con fuertes superávits, y otros con grandes déficits como España. He ahí la verdadera causa de los graves problemas que arrastra la economía española. De no haber tenido como moneda el euro, el saldo de la balanza por cuenta corriente jamás hubiera alcanzado el 10% del PIB. Hay que recordar que la ofensiva contra la peseta a principios de los 90 comenzó cuando el déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos se situaba en el 3,8% del PIB. De no haber estado en la Unión Monetaria es posible que hubiéramos tenido una crisis económica, tal como las que hemos padecido en otras ocasiones, pero de ningún modo de la magnitud y de la gravedad de la actual. Los mecanismos de ajuste habrían funcionado de forma automática mucho antes.

 

Hay, no obstante, un tema de mayor envergadura y es que si la Unión Monetaria es la causa última de la crisis también es el mayor obstáculo para su solución. La imposibilidad de devaluar cierra toda salida, prolonga el estancamiento económico, cuando no la recesión, y al mismo tiempo impide la minoración del stock de deuda tanto pública como privada. La carencia de un banco central propio deja inermes a los Estados con problemas frente a los mercados, y el BCE se diseñó de tal forma que no está obligado a actuar, y cuando actúa -siempre con el consentimiento de Alemania- impone condiciones tales que acaban deprimiendo en mayor medida la realidad económica.

 

No, esta Unión Europea no es la solución sino el problema y los ciudadanos cada vez son más conscientes de ello, tal como han puesto de manifiesto las pasadas elecciones, por mucho que abunden los discursos tramposos, como el del señor Tremosa.