27-02-2015

Ni izquierdas ni derechas sino todo lo contrario

 

Muchos son los motivos para renegar del bipartidismo. Yo comencé a criticarlo pronto, cuando éramos un número muy reducido los que nos posicionábamos en ese sentido. Le encontraba cierto parecido con el “turnismo” de los tiempos de la Restauración y veía en él uno de los defectos mayores de nuestro sistema político (ver artículos en El Mundo de 24-02-1989 y 28-04-1991). La involución social promovida durante años por ambos partidos –especialmente en los últimos tiempos, al rebufo de la crisis económica y de la Unión Monetaria–, unida a los múltiples casos de corrupción, ha originado que se extienda por toda la sociedad el desencanto ante la realidad política, el rechazo del bipartidismo y la animadversión hacia las formaciones políticas tradicionales e incluso hacia las organizaciones sindicales.

Este sentimiento ha propiciado que la mayoría de los ciudadanos estén dispuestos a acoger y a identificarse con todo lo que lleve la etiqueta de nuevo, lo que encierra cierto peligro. Lo joven por joven o lo desconocido por desconocido no son garantía de nada, sino que a veces, por el contrario, el remedio es peor que la enfermedad. Por otra parte, lo nuevo no es tan nuevo como con frecuencia se pretende. El único mérito de Rodríguez Zapatero para salir elegido en el XXXV Congreso secretario general del PSOE frente a los otros cuatro candidatos, radicaba en ser desconocido y, por lo tanto, no tener enemigos. Me imagino que son muchos los socialistas que ahora se arrepienten de tanta novedad y tanta ocurrencia que les han conducido a una de las más oscuras épocas de su historia.

 

Frente a la evidente falta de democracia interna de las formaciones políticas, se ha recurrido a fórmulas novedosas como las llamadas primarias. En distintos artículos (entre otros, República 6 de junio y 5 de septiembre de 2014) he mostrado mi reticencia hacia las primarias y el peligro de que fomentasen el caudillismo. Parece que el tiempo me ha dado la razón y así el comportamiento de la Ejecutiva Federal del PSOE (elegida al antojo del secretario general) en la destitución de la ejecutiva de Madrid hay que situarla, sea cual sea la opinión que se tenga sobre Tomás Gómez, entre los mejores casos de despotismo.

 

Han surgido formaciones políticas nuevas, pero en la mayoría de los casos con actores antiguos, y no es oro todo lo que reluce. La pasada semana, Ciudadanos, valor en alza como novedad a nivel nacional, ha presentado su mini programa económico; más bien el de dos insignes articulistas económicos. Antes los programas los elaboraban los Congresos o las Asambleas, es decir, los supremos órganos políticos de las formaciones; ahora se adquieren hechos en el mercado, incluso por entregas, travestidos de medidas novedosas, aunque cuando se rascan, de novedad tienen poco.

 

No son de derechas ni de izquierdas, sino todo lo contrario. Recuerdo que Aranguren en el capitulo IX de su obra “ética y política” contestaba con una metáfora a los que ya entonces (1966) hablaban de la superación de tal alternativa. Refería que, ante la opinión extendida de que no existía el diablo, algún autor católico realizó con agudeza la siguiente reflexión: “La última astucia del diablo es divulgar la noticia de su muerte”. Pues bien, añadía Aranguren, la última astucia de la derecha es propagar la noticia de la superación de la antítesis derecha-izquierda.

 

Ciudadanos no quiso calificar de derechas la primera entrega de su teórico programa económico. Poco de nuevo ni por sus redactores ni por su reducido contenido. Sus autores son de sobra conocidos, así como sus opiniones económicas al más puro estilo neoliberal, es decir, conservador. Pero tampoco se caracterizaban por novedosas las escasas medidas anunciadas.

 

El contrato único en materia laboral es un viejo conocido desde que los cien economistas de FEDEA, entre los que se encontraba el señor Garicano, abogaran por él en su documento acerca de la reforma del mercado de trabajo. Se situaban a la derecha del gobierno del PP, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta quiénes están detrás de FEDEA y los intereses que defienden. Los partidarios del contrato único afirman querer acabar con la dualidad existente en el mercado de trabajo entre contratos temporales e indefinidos. El procedimiento es simple, convertirlos todos en precarios, aun cuando los denominen indefinidos. Poco importan los nombres, lo importante son las realidades.

 

Mayor enjundia presenta el llamado “complemento salarial anual garantizado”, que se debería llamar más bien “incentivo empresarial a la precariedad” puesto que los realmente beneficiados serán los empresarios que podrán reducir los salarios todo lo que consideren conveniente y les convenga porque el erario público complementará el resto hasta la subsistencia. Fuera el salario mínimo y nada de prestaciones a los desempleados. El primero genera desempleo y las segundas desincentivan la búsqueda de trabajo. Por lo visto, si no se colocan los cinco millones de parados es por gusto y vaguería.

 

El neoliberalismo económico tiene mucho de hipocresía, arremete contra las intervenciones del Estado y condena el gasto público, siempre que no se oriente a subvencionar a las empresas ya sea directa o indirectamente, reduciendo las cotizaciones sociales o creando servicios que beneficien a la actividad económica. Entonces se posicionan totalmente a favor aunque, eso sí, disfrazándolos, como en este caso, si es posible, de prestaciones sociales.

 

Para completar el mini programa, importan del extranjero parcialmente alguna figura jurídica. Es habitual del neoliberalismo copiar del exterior las medidas que favorecen sus intereses, si bien desgajándolas del resto del sistema con lo que quedan desfiguradas. Para poner a Dinamarca como ejemplo, conviene hacerlo en su totalidad; por ejemplo copiando el nivel de sus gastos sociales (ocho puntos del PIB más que en España), lo que no creo que pretendan los redactores del programa a juzgar por sus opiniones sobre el sistema público de pensiones; o imitando su presión fiscal (16 puntos del PIB superior a la española), pienso que tampoco van por esta línea los autores del documento.

 

Presentar por entregas el programa económico es una buena táctica, no solo porque así se puede marear la perdiz múltiples veces sino porque, además, resultan menos evidentes las posibles contradicciones. Sería muy interesante conocer, por ejemplo, la política fiscal y tributaria que van a plantear, aunque existen pocas dudas de su orientación conociendo a los autores; pero entonces ¿cómo van a financiar las medidas propuestas? El recurso a la lucha contra el fraude viene a ser ya un lugar común poco creíble, cuando se rechazan los instrumentos necesarios por intervencionistas y cuando uno de los redactores, Manuel Conthe, en su etapa al frente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores consiguió a través de su amigo y ministro Pedro Solbes que el Parlamento adjudicase a esta entidad, cosa inédita, la competencia en materia fiscal sobre las SICAV, quitándosela a la Inspección de Hacienda y anulando de paso las actas que esta última institución había levantado a un buen número de las grandes fortunas de España por haber utilizado –con fraude de ley– esta figura de inversión eludiendo así el gravamen fiscal.

 

De cambio sensato han titulado el programa. ¿Sensato para quién?, cabría preguntarse. No hay postura más insensata que la de haber estado a favor en el pasado de la creación de la Unión Monetaria, y de defender en el presente la política suicida de Merkel, y recomendar una política entreguista hacia Alemania y hacia las instituciones europeas. Con esos mimbres, la única política que cabe es la de derechas, incluso más de derechas que la del Ejecutivo actual. Tiene razón la vicepresidenta del Gobierno cuando reprocha a uno de los redactores sus clamores y exigencias pasadas acerca de que se pidiese un nuevo rescate después del de las entidades financieras. ¿A dónde nos habría llevado la política del señor Garicano? Tal vez a donde querían todos los partidarios del rescate, utilizar las entidades europeas como coartada para dar una nueva vuelta de tuerca en la dirección de medidas injustas y antisociales.