27-09-2013

 

Nacionalismo alemán

 

La paradoja consiste en que la Unión Europea supuestamente construida para superar los nacionalismos los ha exasperado a través de la Unión Monetaria. Desde la Segunda Guerra Mundial no se habían vertido juicios tan duros sobre Alemania como los que se pueden escuchar hoy en países europeos tales como Grecia, Portugal, España o la misma Italia, hasta el punto de que en algunas ocasiones se ha llegado a tildar al gobierno actual de IV Reich. Y, a su vez, en Alemania se perciben opiniones muy despectivas acerca de los países del sur de Europa.

 

Si hubiesen votado todos los ciudadanos de la Unión, los resultados de Merkel habrían sido desde luego muy distintos de los que ha obtenido en Alemania. La derrota hubiera sido tan espectacular como espectacular ha sido el triunfo en el país germánico. Esta disparidad es señal evidente de la contradicción sobre la que se ha fundamentado la Unión Europea y del déficit democrático que comporta. Tan solo menos de la cuarta parte de los ciudadanos europeos (los alemanes) han podido elegir a quien va a decidir los aspectos fundamentales de la Unión, mientras que los habitantes de otros países se verán relegados a votar el próximo mayo, en esa mascarada que son las elecciones al Parlamento Europeo, cuyos miembros en la práctica no pintan nada. Esto explica que la participación en las elecciones alemanas haya alcanzado el 73%, cuando en los comicios europeos habitualmente no llega en la mayoría de los países al 50%, y explica también que, si bien Merkel consigue mejorar de forma bastante notable los resultados electorales, la imagen de los líderes de otros países miembros, que son percibidos como apéndices de la canciller, se deteriora y que los que se han presentado a elecciones hayan sufrido un estrepitoso fracaso.

 

El desbordante triunfo de Merkel se asienta sobre el nacionalismo. Muchos alemanes ven en Merkel a la canciller de hierro dispuesta a disciplinar a los derrochadores países del sur y capaz de imponer las tesis de la gran Alemania a Europa. En el país germánico ha surgido un nuevo nacionalismo imperialista y bastantes de sus ciudadanos abogan y les parece lógica la hegemonía de su país sobre el resto de los países europeos. Este nacionalismo, encarnado por Merkel y que ha calado en la sociedad alemana, se fundamenta en, al menos, dos mitos totalmente falsos.

 

El primero es la creencia de que si a Alemania le va económicamente mejor que a otros países europeos se debe a las virtudes de la primera y a los errores de los segundos, a que los alemanes iniciaron las políticas de austeridad mucho antes, cuando los países del sur de Europa “vivían en el despilfarro”. El cuento de la hormiga y la cigarra. Pero en economía ese cuento lo conocemos de antiguo, se llama mercantilismo y coloca, al igual que hace Merkel, como prioridad suprema, no el bienestar de los ciudadanos sino la consecución del mayor excedente posible en la balanza de pagos. Pero también desde antiguo sabemos que los superávits no pueden producirse sin los correlativos déficits y que en los desequilibrios tan responsables son los acreedores como los deudores. Si los gobiernos de los países del sur de Europa fueron culpables por permitir déficits desmedidos de su sector exterior, también lo fue y lo sigue siendo el Gobierno alemán por practicar una política de austeridad que hunde la demanda interna y genera un elevado excedente en su balanza de pagos. Y si culpables fueron los bancos del sur de Europa por endeudarse insensatamente, también lo fueron los alemanes por conceder créditos a estos de manera irresponsable.

 

Ese nuevo mercantilismo es el que está exigiendo enormes sacrificios a una gran parte de la población europea, en mayor medida sin duda a los países del sur, pero también a los ciudadanos alemanes. A partir de 1990 en Alemania los impuestos a los más ricos han bajado un 10% y la imposición fiscal a la clase media ha subido un 13%; los salarios reales se redujeron un 0,9% y las rentas de capital y de las empresas crecieron un 36%. Siete millones de trabajadores alemanes (los llamados minijobs, tan admirados por los políticos españoles, y que no son más que paro encubierto) cobran como máximo 400 euros mensuales por trabajo a tiempo parcial que, tal como se distribuye la jornada, ocupa la casi totalidad del día. En esa dinámica ha sido fundamental la llamada Agenda 2010, aprobada en 2003 por Schröder y de cuyos efectos se está beneficiando ahora el Gobierno de Merkel, y que explica por qué el SPD, al igual que aquí el PSOE, no levanta cabeza.

 

La sociedad alemana no percibe, sin embargo, que la culpable de esta situación, tanto en Europa como en Alemania, es la política impuesta por la canciller, sino que más bien cree que, gracias a ella, los infortunios de los alemanes son más reducidos que los del resto de los europeos.

 

El segundo mito radica en la convicción de muchos alemanes de que el despilfarro de los países del sur puede ser un peligro para su propia economía, de manera que esta se convierta en la pagana de aquellos excesos. De ahí que la canciller, al presentarse como un buen gendarme dispuesto a defender los intereses de los alemanes, haya cosechado la adhesión de una parte importante del electorado. Tampoco hay nada de verdad en esta valoración. Alemania no ha puesto un euro más que el resto de los países miembros en los rescates y además está siendo la gran beneficiada por la evolución de la Unión Monetaria.

 

Muchos comentaristas pretenden explicar el triunfo de Merkel en clave muy doméstica, la buena ama de casa que administra eficazmente las finanzas de su familia. Pienso, bien al contrario, que no ha sido esto lo que le ha dado la victoria; creo que ni siquiera se puede buscar el motivo en clave de política interna sino que más bien hay que orientar la mirada al ámbito internacional. Lo que le ha proporcionado el apoyo de muchos votantes ha sido que se la considera una canciller de hierro dispuesta a imponer las tesis y los intereses de Alemania en Europa. Y, sobre todo, la percepción generalizada entre sus conciudadanos de que estamos en guerra, una guerra sutil y sin armas bélicas pero no por eso menos despiadada, y que Alemania para ese cometido precisa un caudillo pétreo.