26-06-2015

La desigualdad y el crecimiento

 

El FMI se ha alineado con la OCDE para mantener que la desigualdad merma las posibilidades de crecimiento. El organismo que preside la señora Lagarde va mas allá y en un informe publicado recientemente pretende cuantificar mediante un modelo cómo impactan en el crecimiento las variaciones en la concentración de la riqueza. No iré yo tan lejos, ya que mantengo una marcada prevención frente a todos estos intentos de modelizar la realidad cuantificándola. Pero con lo que estoy totalmente de acuerdo es con el principio general de que existe una relación directa entre igualdad y crecimiento, relación que fue enunciada por Keynes y aceptada por casi todos los países, y que si se ha olvidado desde principios de los ochenta no ha sido porque se haya demostrado su falsedad, sino por los múltiples intereses en juego.

 

Keynes mantenía que, aunque la inversión y el ahorro realizados son iguales por definición, la inversión y el ahorro planeado no tienen por qué coincidir. Un exceso de ahorro planeado sobre la inversión también planeada desencadena fuerzas contractivas y, a la inversa, cuando la inversión supera al ahorro se generan impulsos expansivos. Y en la misma línea se refería a la paradoja del ahorro: un incremento del ahorro planeado podría llevar a una reducción del ahorro efectivo mediante una disminución de la renta. De lo anterior se sigue que en la medida en que la propensión marginal al ahorro aumenta con la renta, todo cambio en la distribución de esta hacia una mayor desigualdad tendría efectos perniciosos no solo desde el ángulo de la justicia social, sino también para el crecimiento.

 

En su Teoría general (Fondo de Cultura Económica, México, 1974, p. 329) se expresa en estos términos: "De este modo nuestro razonamiento lleva a la conclusión de que, en las condiciones contemporáneas, el crecimiento de la riqueza, lejos de depender del ahorro de los ricos, como generalmente se supone, tiene más probabilidades de encontrar en él un impedimento. Queda, pues, eliminada una de la principales justificaciones sociales de la gran desigualdad de la riqueza".

 

Se destruye así, el eslogan de la derecha -y de algunos de izquierdas que parecen de derechas- de que antes de repartir se precisa agrandar la tarta, el manido argumento de que la igualdad se opone al crecimiento. Más bien, lo que demuestra la teoría económica es que el aumento de las desigualdades sociales conduce a la crisis. Así ocurrió en 1929, y así ha sucedido en la actualidad.

 

De la afirmación de que la propensión marginal a ahorrar aumenta con la renta se sigue también otra conclusión: que al crecer esta con el tiempo, para mantener el equilibrio, se necesita o bien que la inversión crezca en mayor medida que el producto -lo que no siempre es fácil- o bien que mediante una distribución de la renta cada vez más igualitaria se mantenga constante la propensión a ahorrar.

 

Un incremento del consumo influiría además sobre el nivel de inversión, ya que es de suponer que los empresarios decidan en función de la demanda esperada. Algo que es bueno para un empresario deja de serlo con frecuencia si se generaliza y es aplicado por todos. Para una empresa puede ser muy conveniente reducir sus costes laborales e intentar pagar a sus trabajadores la menor retribución posible; pero si esta actitud es asumida por la mayoría de los empresarios, es posible que el consumo decaiga y con él la renta, de modo que, aun cuando el excedente empresarial se haya incrementado en porcentaje, descenderá en valores absolutos.

 

Keynes entendió que no siempre la reducción de los salarios constituye la solución al desempleo. Es más, en ocasiones el efecto puede ser el inverso, puesto que si la retribución de los trabajadores forma parte del coste de los productos, también determina el consumo y, por lo tanto, la demanda. Supo reconocer que la desigualdad no era una condición necesaria para el crecimiento económico, abriendo así la posibilidad de que el Estado instrumentase una política redistributiva, no solo a través de los gastos de protección social, sino también mediante impuestos de elevada progresividad como los de la renta, patrimonio o sucesiones.

 

Los razonamientos de Keynes no solo superan el enfrentamiento en el reparto de la renta entre capital y trabajo, sino también la colisión entre los países para hacerse con el comercio internacional. Desde esta óptica, la economía deja de ser un juego de suma cero, en el que los beneficios de unos únicamente pueden conseguirse en perjuicio de los demás. Las condiciones de vida de los trabajadores pueden ser cada vez mejores, sin que ello sea óbice para el crecimiento -más bien al contrario, propiciar el consumo puede ser totalmente necesario en momentos de recesión económica-, y los países pueden expandir su economía, sin tener que entrar en una guerra comercial con los demás países, por el procedimiento de incentivar la demanda interna.

 

Resultaría gratificante escuchar de dos instituciones caracterizadas hasta ahora por su fiero dogmatismo neoliberal el reconocimiento de que la desigualdad perjudica el crecimiento económico, si no fuera porque, especialmente en el caso del Fondo, continúan recomendando o incluso imponiendo, como en Grecia, medidas que se orientan en el sentido contrario.

 

Toda la política aplicada en los rescates (más bien habría que hablar de las intervenciones, porque hay países como España que no han tenido rescate pero sí han estado intervenidos) en la Eurozona se ha basado en la deflación y en el intento de robar a través de ella un trozo del pastel al vecino, olvidando e incluso impidiendo la expansión de la demanda interna. Desde la óptica del conjunto, esta política es suicida, aun cuando perjudique más a unos países que a otros. No existe una garantía de que la bajada de los salarios se transmita en su totalidad a los precios y no acabe incrementando el excedente empresarial; pero, los empresarios no invertirán si no esperan la expansión de la demanda.