23-08-2013

 

Tan solo debajo de la alfombra

 

A medida que se va aproximando la fecha de las elecciones alemanas, los problemas de la zona euro desaparecen de forma taumatúrgica -o eso nos quieren hacer creer al menos-, pero en realidad se han ido metiendo provisionalmente debajo de la alfombra. Merkel ha tenido especial interés en ello, convencida de que cualquier nueva alteración en la Eurozona podría tener una influencia notable en los resultados electorales.

 

Se prohibió hablar de rescates. El acierto de Rajoy de resistir las múltiples voces que desde todos los sectores, principalmente desde el económico, le presionaban para que pidiera el rescate ha podido no ser tal sino, más bien, simple necesidad ante la indicación de la canciller de que se opondría a él, en el caso de que se demandase. Sorprendentemente (aunque dicen que el mérito ha sido de Draghi), las primas de riesgo de España y Portugal se han estabilizado alrededor de los 300 puntos, lo cual no impide, (aunque a estas alturas nos parezca normal) que las pymes españolas estén pagando el triple de interés que las alemanas. Y por último, de acuerdo con los datos del segundo trimestre del año, la recesión parece alejarse de la Eurozona, debido principalmente a la mejora en el consumo de Francia y Alemania. Hollande se ha negado a aplicar las políticas de ajuste, y Merkel, ante la inminencia de las elecciones, no solo no ha querido enfrentarse a Francia sino que ella misma ha abierto el grifo de las prebendas, aprobando la pasada primavera un plan B de estímulos: cheque bebé, rebaja en el copago sanitario, etc.

 

¿Alguien de verdad se cree que la situación en la Eurozona ha cambiado? Tras las elecciones alemanas volverán a aparecer sin duda todos los problemas y las lacras anteriores, empezando por los propios protagonistas, que continúan anclados en sus dogmas. Olli Rehn ha interpretado que estos brotes verdes son el fruto de la política de disciplina fiscal, cuando la realidad es justo la contraria, ya que ha sido la relajación en esta estrategia la que está permitiendo esa atmósfera de cierto respiro. Lo mismo le pasa a Rajoy cuando se empeña en atribuir a la reforma laboral los escasos datos positivos, a pesar de que lo cierto es que esta ha venido a agravar la situación de desempleo y a deprimir aún más la demanda interna. Y no resulta arriesgado apostar a que la canciller alemana, una vez pasados los comicios, volverá a las andadas.

 

El único contrapunto en este escenario azul pastel ha sido el que ha puesto el Bundesbank afirmando que Grecia necesitará un nuevo rescate, lo que fue desmentido inmediatamente por Merkel, aunque pocos días después su ministro de Finanzas haya tenido que reconocerlo en un mitin electoral, eso sí, negando toda posibilidad de quita. Ahora bien, por mucho que la canciller no lo quiera oír, es evidente que va a ser preciso el rescate, y quizá no solo para Grecia sino también para Portugal. Es más, todo apunta a que Grecia a corto plazo se enfrentará a una nueva quita de su deuda, y en esta ocasión no solo la sufrirán los acreedores privados sino también los públicos, es decir, los países que han participado en el anterior rescate. ¿Qué pasará entonces? ¿Estará Alemania dispuesta a soportarlo? ¿Podrán otros países como Italia o España resistirlo cuando sus tasas actuales de deuda están en límites difícilmente superables (130% y 90%, respectivamente) y sus economías padecen un sinfín de problemas? Alemania ha logrado transmitir a la opinión pública europea la idea de que es el único país pagano de la Eurozona. Pero no es verdad. Si contribuye con una suma mayor a los rescates es tan solo porque su economía es más grande, pero consideradas en porcentaje las participaciones de Italia o de España son similares. Se da la paradoja de que España habrá aportado a los rescates de otros países una cantidad similar a la recibida de Europa por la banca española.

 

Esta temporada de calma ficticia y los escasos datos positivos no nos pueden hacer olvidar que la tercera, cuarta y quinta economías de la Eurozona (Italia, España y Holanda) continúan hundidas en la recesión, que la cifra de desempleo es altísima en toda Europa (especialmente en Grecia y en España), sin que haya visos de que pueda reducirse a corto plazo. Los bancos siguen ahogados por los activos tóxicos, de modo que el crédito no llega ni a las empresas ni a los particulares. Alemania mantendrá su política deflacionista basando su crecimiento exclusivamente en las exportaciones y sin reanimar su demanda interna, con lo que perjudicará al resto de países, y el BCE, bajo la presión de Alemania, mantendrá un tipo de euro sobrevalorado, que dañara gravemente la competitividad de los países del sur a los que de poco les habrá valido la reducción realizada de los salarios. En fin, que subsistirán tanto el experimento de unión monetaria entre países muy dispares con intereses muy divergentes como el intento de uno de ellos, el mayor, de imponer sus conveniencias al resto.

 

Afirmar, tal como hace Javier Solana, que ha quedado atrás una catástrofe -por catástrofe entiende la desaparición del euro o la ruptura de la Eurozona- es puro voluntarismo, el mismo que nos ha llevado a la ratonera actual. “Puede que todo vaya despacio, pero honestamente nadie pensaba que Europa podía llegar tan lejos” – continúa declarando el exjefe de la OTAN. Tan lejos, sin duda, ¿pero en qué dirección? Tan abajo, diría yo.