23-05-2014

La unión europea genera xenofobia y racismo

 

En esta campaña electoral los candidatos y aquellos que los jalean han vuelto a refugiarse en la poesía, se han cubierto de nuevo con el manto romántico de la Europa superadora de divisiones y nacionalismos mientras anatematizan a los que llaman movimientos populistas, antieuropeos, xenófobos y racistas. Lo que, por lo visto, no quieren ver es que si en algún momento la Unión Europea obedeció a esa lógica de integración, hoy se encuentra totalmente alejada de ella; es más, se está convirtiendo en la mayor causa de división y enfrentamiento entre las naciones, y ha sido la Unión Monetaria el germen del que han surgido todas esas tendencias y movimientos que pretenden ahora rechazar. En los momentos actuales, la Unión Europea se ha transformado en un boomerang que causa efectos contrarios a la finalidad que en un principio los padres fundadores afirmaban querer conseguir: superar los enfrentamientos entre países que asolaron con dos guerras mundiales el pasado siglo.

 

El 18 de abril de 1951, seis países -Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo- firman un tratado para gestionar de forma conjunta su industria pesada. De esta manera nacía la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). La unión perseguía, no obstante, más allá de la cooperación económica, una finalidad más profunda. El Tratado hacía imposible que ninguno de los firmantes pudiera fabricar individualmente armas de guerra para utilizarlas contra los otros.

 

El fracaso en 1954 de la Comunidad Europea de Defensa (CED) propuesta por Francia hizo patentes ya las dificultades y la casi inviabilidad de cualquier avance en la unidad política; ello condujo a que la Unión Europea se encaminase exclusivamente por la vertiente económica, y más concretamente por la comercial. Así, el 25 de marzo de 1957, los seis países citados firmaron el Tratado de Roma, que entraría en vigor el 1 de enero de 1958, fundando de esta forma el Mercado Común, que implantaba el intercambio libre de productos. En realidad, lo que se creaba era exclusivamente una unión aduanera. No se puede decir que los firmantes del Tratado adoptasen el libre cambio porque, si bien lo implantaban dentro de las fronteras comunitarias, no lo establecían en sus relaciones con los restantes países.

 

El Tratado de Roma significó el triunfo de las tesis funcionalistas cuyo máximo representante fue Jean Monnet. Ante la imposibilidad de avanzar en la unión política, demostrada por el fracaso de la CED, se pretende desarrollar la unión económica en el supuesto de que, más tarde y poco a poco, se lograría la unión política. Se trataba, en definitiva, de iniciar un proceso en el que la paulatina integración económica fuera allanando el camino al objetivo final de lograr la unión política, meta que se planteaba a largo plazo.

 

La historia ha demostrado que este gradualismo tenía un pecado original, el de ser asimétrico, avanzar solo en los aspectos comerciales, financieros y monetarios sin dar apenas pasos ni en la integración política ni tampoco en las esferas social, laboral, fiscal o presupuestaria. Los que desde posturas socialdemócratas apostaron por este gradualismo no fueron conscientes, o no quisieron serlo, de que tal asimetría conducía al imperio del neoliberalismo económico, ya que, mientras los mercados se integraban y se hacían europeos, los poderes democráticos, que debían servir de contrapeso y corregir sus errores y la injusta distribución de la renta, quedaban en manos de los gobiernos nacionales. Es más, no comprendieron que si bien las fuerzas económicas y las fuerzas políticas que las apoyaban tenían sumo interés en avanzar en los aspectos comerciales, monetarios y financieros, logrados estos no sentirían ningún aliciente, más bien todo lo contrario, por dar pasos en los aspectos políticos. Para las fuerzas económicas, la situación ideal es la integración de los mercados y la segmentación del poder político de manera que, recluido en los Estados nacionales, se vea impotente para poner límites a los mercados y al capital.

 

La asimetría en el proceso llevaba en su seno, tal como ahora se está haciendo patente, la destrucción del propio proyecto o, al menos, de los principios que habían animado su creación. El colosal desarrollo de algunos aspectos, dejando paralizados y anémicos otros complementarios tenía por fuerza que dar a luz un monstruo, inarmónico y pletórico de contradicciones que, lejos de propiciar la unidad entre los países, incrementaría sus diferencias e incluso los recelos que se pretendían superar. Hoy se ha abierto ya una enorme brecha entre los países del Norte y los del Sur, ha surgido un fuerte sentimiento antigermánico en países como Grecia, Portugal, España o incluso Italia, al tiempo que en Alemania se extiende una opinión despectiva con respecto a los ciudadanos de estos países.

 

La Unión Monetaria, tal como fue concebida en Maastricht y se ha llevado a la práctica, tenía por fuerza que aumentar las divergencias en las economías de los distintos países, e introducir a algunos de ellos en una trampa de difícil salida. El incremento de las desigualdades entre los países miembros y los contrapuestos intereses económicos se están transmitiendo -como es lógico- a la realidad política incrementando los nacionalismos y los recelos frente a los otros países. Se puede decir sin ambages que hoy las sociedades europeas están mucho más distanciadas entre sí y que se están formando dos bloques que se miran con cierta aversión y en algunos casos hasta con odio.

 

Al pueblo alemán se le ha vendido el mito de que los problemas actuales de la Unión Monetaria provienen del despilfarro y de la prodigalidad de los países del Sur, que han vivido durante años por encima de sus posibilidades y pretenden ahora que los contribuyentes alemanes paguen sus deudas. Los ciudadanos del Sur contemplan con sorpresa y humillación cómo sus gobernantes se han convertido en marionetas de poderes extranjeros y sienten un vivo rechazo ante este nuevo imperialismo alemán que impone los ajustes más duros y las reformas más regresivas, deprimiendo hasta extremos que parecían impensables sus condiciones económicas y arrasando los derechos sociales y laborales construidos a lo largo de muchos años.

 

En países como Grecia, que vivieron directamente la última contienda europea y la ocupación alemana, el fantasma de un IV Reich está haciendo su aparición y es difícil que no piensen que el Sacro Imperio Romano Germánico, bautizado en Alemania como I Reich, ha estado siempre presente en el imaginario colectivo del pueblo alemán, y que por ello pudo ser resucitado tanto por Bismarck (II Reich) como por Hitler (III Reich). Este devino enseguida en una dictadura, que, no obstante, supo aunar y conciliar los deseos y emociones de gran parte del pueblo alemán, convencido de que su destino era la dominación de Europa.

 

La derrota obligó a Alemania a abjurar de sus errores y propósitos, incluso a reprobarlos oficialmente. Se produjo entonces un fenómeno históricamente único, una nación que renegaba de su pasado y se mostraba dispuesta a condenarlo, de tal manera que parecía que eran otros los que habían cometido tamañas atrocidades. Con la finalidad de que la historia no volviera a repetirse, se dio a luz un proyecto, la Unión Europea, que paradójicamente hoy concita la sospecha de que se ha podido convertir en el mejor vehículo para que Alemania retorne a los planteamientos imperialistas y surja de nuevo el sueño de establecer su hegemonía en Europa. Ciertamente que ahora no se trata de una dominación bélica, pero sí -de acuerdo con los nuevos parámetros históricos- económica, tanto o más efectiva, sin duda.

 

Si se quieren combatir los movimientos nacionalistas y xenófobos, destrúyase antes su causa actual: la Unión Monetaria.