22-11-2013

Dos pavos reales

 

El pasado día 7, supongo que por una de esas coincidencias forjadas por el destino, dos ex presidentes del Gobierno presentaron en Madrid sendos libros. Provienen, aparentemente, de espectros ideológicos muy distintos, casi opuestos. Pertenecen a cada uno de los dos partidos que, de forma alternativa, han venido ejerciendo desde hace más de treinta años el poder en España. Sin embargo, sus respectivos discursos guardan una gran similitud. Ambos están convencidos de haber sido el mejor presidente del Gobierno que ha existido. En los dos está ausente el menor asomo de autocrítica.

 

Uno y otro, inflados de vanidad y de orgullo, se sienten investidos de un carácter providencial y, lo que es peor, creen que tienen la solución para los terribles males que afligen hoy a nuestro país, y contemplan con conmiseración o desprecio a los líderes que les han sucedido en sus respectivas formaciones políticas. Los ningunean. Pretenden, aunque con estilos distintos, seguir mangoneando e influyendo en la política actual. Eso sí, desde las alturas, sin mancharse demasiado las manos, desde las poltronas bien retribuidas de las fuerzas económicas.

 

No seré yo el que disculpe o defienda a los políticos que han sucedido en el PSOE o en el PP a Felipe González o a José María Aznar, pero a estos últimos no se les puede eximir de culpa; es más, serán sin duda los máximos responsables del grave estado en que se encuentra en estos momentos la economía española. Ambos han sido artífices de la modificación que en España se ha llevado a cabo en el pensamiento político hasta configurarlo de acuerdo con los principios del neoliberalismo, haciendo inviable el Estado social e incluso la democracia.

 

Felipe González en España, al igual que Schröder en Alemania o Tony Blair en Gran Bretaña, ha descafeinado el pensamiento socialdemócrata hasta dejarlo convertido en neoliberalismo con un tinte de progresismo superficial y barato. En su época se comenzó a desarticular el mercado laboral, con la simpleza de que más vale un empleo malo que ninguno, transformándose una multitud de puestos de trabajos fijos en precarios, que han ido consolidando a lo largo del tiempo un mercado dual.

 

Fueron los ministros de Felipe González los que popularizaron la frase de que mejor que dar peces es enseñar a pescar, con la que pretendían justificar los recortes hechos en las prestaciones del seguro de desempleo, y fue en tiempos de Felipe González cuando se acuñó el discurso falaz acerca de que el sistema público de pensiones estaba en peligro, que sin reformas era inviable, reformas que se orientaban siempre a la baja y que comenzaron y se ejecutaron en su mandato. De la misma manera se extendió la idea de que lo privado siempre es más eficiente que lo público y se iniciaron las privatizaciones de todas las empresas públicas.

 

En el ámbito ideológico se cuestionaron todos los principios de la socialdemocracia, incluida la fiscalidad progresiva. Es más, se asumió, se aprobó y se firmó el Tratado de Maastricht que implicaba a medio plazo, tal como estamos comprobando, no solo la muerte del Estado social, sino también de la propia democracia. Hoy se sostiene que la doctrina socialdemócrata ha muerto. No es cierto, continúa siendo perfectamente válida e incluso necesaria. El problema es que ha sido abandonada y traicionada por los partidos que ostentan tal denominación.

 

De aquellos polvos derivan estos lodos, y todos los lodos posteriores, por eso resulta curioso que en la última conferencia política el secretario general actual gritase enfáticamente que el PSOE había vuelto; ¿a dónde?, ¿a los orígenes?, ¿al felipismo?, ¿al socialiberalismo? Nunca lo han abandonado; con mayor o menor acierto, desde hace muchos años han estado instalados en esa plataforma.

 

A pesar de su engreimiento, soberbia y ostentación, Aznar no ganó el Gobierno, se lo regaló el PSOE, al igual que le otorgó carta blanca y le facilitó el camino para realizar las políticas más conservadoras. Bien es verdad que Aznar nunca se ha jactado de hacer una política de izquierdas, pero de lo que sí se ha vanagloriado es de hacer la política más eficaz, con elevadas tasas de crecimiento y creación de empleo, pero lo que generó en la práctica fue una burbuja especulativa puro aire, que antes o después tenía que explotar. Él, tan contrario al déficit público, permitió que España adquiriese un enorme déficit exterior cuya lógica contrapartida fue el mayor endeudamiento adquirido hasta entonces por la economía nacional. La herencia que dejó fue la de un país hipotecado hasta unos niveles extremadamente peligrosos, e hipotecado con unos créditos no orientados a sectores productivos, sino a hacer zanjas, vallas y a poner ladrillos, que en gran medida nadie después iba a utilizar.

 

José María Aznar presume de haber conseguido que España entrase a formar parte de la Unión Monetaria. Fatal éxito. Primero porque el voluntarismo y el afán de crear la moneda única primaron sobre todo rigor económico, hasta el punto de modificar y flexibilizar las condiciones de convergencia de manera que pudiesen incorporarse al euro todos los países que lo deseasen; luego no existió tal éxito. Segundo porque la mayoría de los males presentes provienen de esa incorporación. La ratonera en la que se encuentra actualmente la economía española tiene su origen en haber renunciado a nuestra propia moneda sin las contrapartidas adecuadas y necesarias.

 

A los gobiernos de Aznar les cabe también el triste honor de desmantelar el sector público y dejarlo sin capacidad de reacción. Entregaron al sector privado las grandes empresas públicas con lo que privaron al Estado de los suculentos beneficios que estas periódicamente le proporcionaban y dejaron inermes a los consumidores ante las abusivas políticas practicadas en los servicios estratégicos por los nuevos oligopolios privados.

 

En la postración del Estado y en su incapacidad para reaccionar ante la crisis económica tiene también mucho que ver la transformación a la que se ha sometido al sistema fiscal, reduciendo su progresividad y su suficiencia. Los déficits públicos de hoy tienen su origen en la caída de los ingresos, caída que se debe, al menos en parte, a las dos reformas que los gobiernos de Aznar realizaron, cuyas consecuencias negativas quedaron ocultas en un principio por la burbuja, pero que aparecieron tan pronto como esta se pinchó.

 

No creo que ni González ni Aznar puedan dar lecciones de nada. Más bien tendrían que ponerse el sambenito y pedir perdón a la sociedad española porque ellos son culpables, quizá en mayor medida que los gobernantes posteriores, de la triste situación en la que España se encuentra.