22-08-2014

Carl Schmitt y el nacionalismo catalán

 

Al contemplar el comportamiento del nacionalismo catalán resulta difícil no acordarse de Carl Schmitt y de su concepción de la soberanía, del derecho y de lo político. No en vano fue durante tres años un valioso colaborador del régimen implantado por el nacionalsocialismo, e inspiró, al frente de la Asociación de Juristas Nacionalsocialistas, muchos textos jurídicos del III Reich. De aquella época data la publicación de su obra "Estado, Movimiento, Pueblo", en la que se describen unas nuevas relaciones institucionales, el movimiento en cuanto que es dirigido por el partido constituye el elemento preeminente y dinámico.

 

El concepto de lo político en Schmitt se fundamenta en el binomio amigo-enemigo. El enemigo es el otro, el extraño, el extranjero. Es por el enfrentamiento a los otros por lo que se configura nuestra propia identidad. Lo político es un criterio semejante al ético (bueno, malo), al estético (bello, feo) o al económico (rentable, no rentable). Sin embargo, no es totalmente idéntico en cuanto que lo político es extensible a todos los otros contenidos de la realidad. Su sombra se proyecta sobre todos los ámbitos de la vida, que se impregnan del binomio amigo-enemigo. Para Schmitt, la actividad política se produce principalmente en el exterior. En el interior debe desecharse toda pluralidad, no hay sitio para el enemigo, ha de conseguirse por cualquier medio la homogeneidad.

 

A Schmitt se le vincula con el decisionismo político, y con la frase tantas veces citada, "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción", decisión que puede tomarse sin vinculación normativa de ningún tipo, es decir, al margen de la Constitución. En caso de necesidad, el Derecho debe suspenderse en virtud del derecho a la propia conservación. La decisión por encima de la Constitución. Schmitt profesa una teoría pura de la decisión, en la que lo importante radica en que se tomen decisiones y no tanto en cómo o con arreglo a qué norma se decida. La voluntad de decidir se eleva a principio máximo de actuación política y parece fundamentarse en sí misma, sin relación alguna a norma que determine el qué, el cómo, y quién es el que debe decidir. Por eso parece coherente que, en la controversia que mantuvo con Hans Kelsen, atacase la función de los tribunales constitucionales.

 

Resulta ilustrativo que el nacionalismo catalán haya asumido el derecho a decidir como valor absoluto, colgado en el vacío, fundamentándose en sí mismo, y sin relación a norma alguna que determine el sujeto, su contenido y el modo de ejercerlo. En su discurso trasciende un cierto desprecio a la Constitución, y su subordinación a lo que llaman conflicto político, a pesar de que en Cataluña fue aprobada con el 90% de votos positivos y la abstención se circunscribió tan solo al 30 %, es decir, uno de los grados de aceptación más elevados entre las Comunidades Autónomas. Su postura ante el Tribunal Constitucional es de total animadversión, puesto que piensan que, en todo caso, si hay que interpretar la Constitución, ellos son los indicados. De ahí que hayan considerado la sentencia del Tribunal Constitucional respecto al Estatuto como un ultraje a toda Cataluña (ellos son Cataluña), pasando por alto que aquel fue aprobado con más de un 50% de abstención y un 30% de votos negativos, muy lejos por tanto del resultado obtenido en el referéndum por la Constitución.

 

Para el nacionalismo, Cataluña se configura, adquiere fuerza y entidad por la oposición a España. España nos roba. El binomio Cataluña-España es el eje sobre el que gira todo el discurso nacionalista, amigo-enemigo. El enemigo es el Estado español, pero también alguien más, porque todo aquel que no es amigo se convierte en enemigo. Quien no se declara independentista es de los otros, un traidor a Cataluña, del PP, un facha. Toda la realidad se estructura alrededor de esta dicotomía. Los favores, las subvenciones, las ayudas, los empleos, las concesiones, son exclusivamente para los amigos; la marginación, el desprecio, la repulsa, para los enemigos. Dentro de Cataluña no se puede permitir ni la pluralidad ni la discrepancia, quienes no son independentistas no son catalanes.

 

El criterio político, entendido tal como lo hacía Schmitt, amigo-enemigo, secesionista-no secesionista, se extiende y determina el resto de ámbitos de la realidad, condiciona el binomio verdad-mentira, y bajo su impulso se reescribe la historia, presentando como verídica y fidedigna una construcción de los hechos y de las instituciones inventada y quimérica, sin ningún fundamento en la realidad.

 

El criterio político amigo-enemigo delimita y se superpone al criterio ético de bueno-malo. Es bueno lo que beneficia al independentismo y, por el contrario, no hay nada malo si se puede cubrir con la senyera. Así se explica que en la crisis de Banca Catalana, la actuación del fiscal contra una presunta estafa a los accionistas y contribuyentes se interpretase como una agresión a Cataluña y a los catalanes. Eso explica también que, mientras en otras partes de España la corrupción afloraba con frecuencia y los medios de comunicación se hacían eco de ella a menudo, en Cataluña parecía que no se producía y, aunque la mayoría de los catalanes eran conscientes de que estaba incrustada en el sistema y de que se extendía a casi todas las instituciones, era silenciada totalmente por la prensa. Y eso, me temo, que explica por último que, ante el gran escándalo destapado en los pasados días y que afecta a la familia Pujol y a CiU, el impacto sobre el secesionismo no vaya a ser tan fuerte como algunos piensan. Van a ser legión los que se digan a sí mismos: "Al fin y al cabo son de los nuestros y, además, todo esto ha salido ahora como maniobra contra el proceso soberanista". Ahí están los vecinos de Queralbs, pueblo en el que se ha refugiado el ex president, quienes, en lugar de considerarle un delincuente que les ha robado, le saludan con cariño y hablan de él como de un mártir, inmolado por su familia y por Cataluña.

 

El criterio amigo-enemigo desplaza al criterio izquierda-derecha. Esquerra Republicana, que se vanagloria de ser, tal como su nombre indica, de izquierda, acampa en común francachela (siendo su soporte) con el partido más conservador del arco parlamentario, CiU, y apoya sus políticas reaccionarias. Todo sea por el proceso secesionista. Los enemigos son los otros. En realidad, allí donde aparece el nacionalismo, especialmente si se trata de una región rica, los planteamientos de izquierdas deben salir por la otra puerta. No se pueden defender la justicia y la política redistributiva únicamente para los amigos.

 

El criterio independentista se superpone al criterio económico. Lo rentable y lo eficaz pierden significado ante el nacionalismo. Carece de relevancia que todo indique que el proceso secesionista puede complicar la situación económica en España, y especialmente en Cataluña. Y a la hora de hacer el presupuesto, hay que dar prioridad a todos aquellos gastos que se relacionan con el catalanismo, aun cuando haya verdaderas necesidades sociales sin cubrir y deficiencias en los servicios públicos. Es más, llevados hasta el extremo estos planteamientos, habría que preguntarse si la Fiscalía no debería interponer una querella criminal contra los responsables de la Generalitat, comenzando por Artur Mas, por malversación de fondos públicos, pues es difícil no tipificar de tal modo los gastos acometidos de cara al referéndum, ya que se dirigen a una finalidad que se sabe de antemano que es ilegal. Ciertamente, no todas las actividades ilegales tienen una calificación penal, pero el invertir recursos públicos en ellas sí parece que debiera considerarse prevaricación y malversación de fondos públicos.