21-08-2015

China y Alemania no pueden vivir de las exportaciones

 

En los últimos días, el Banco Popular de China ha devaluado su moneda, el yuan, en un porcentaje cercano al 5% con respecto al dólar, a pesar de ser un país netamente exportador y con un respetable saldo positivo en su balanza por cuenta corriente. La razón aparente, el deterioro de su capacidad de venta frente al exterior. En el primer semestre, la tasa de las exportaciones se ha tornado negativa y el último dato, el de julio, ha sufrido una caída del 8,3% con respecto al mismo mes del año anterior.

 

Recuerdo que en mis tiempos de profesor de Economía en la Facultad de Ciencias de la Información, el jefe de departamento, ya mayor, se solía preguntar con cierta guasa cuál era el mejor calificativo que correspondía a la economía española (tiempos del franquismo). Él mismo se respondía que, desde luego, no era una economía socialista; tampoco de mercado porque en buena medida estaba intervenida; concluía que era una economía recomendada. Creo que algo parecido puede afirmarse en la actualidad de la economía china. Por una parte, pretende jugar al libre mercado en el tablero internacional, pero, por otra, las autoridades chinas continúan manteniendo controlados casi todos los instrumentos y mecanismos del sistema económico, lo que les ha permitido contar con ventajas y basar todo su crecimiento en las exportaciones.

 

Casi todo el mundo ha colocado el origen de la crisis que asoló la economía internacional a partir del 2008 en las hipotecas subprime, quedándose así en la corteza del fenómeno, y pocos han sido los que han oteado detrás de ello la auténtica causa. La libre circulación de capitales, unida a la asunción de la teoría del libre cambio, origina enormes desajustes en los saldos de las balanzas de pagos de los países, importantes déficits en unos y superávits en otros. Tales desequilibrios solo son posibles porque la libertad en los flujos de capitales permite financiarlos, pero a condición de crear situaciones de extrema inestabilidad que ocasionan, antes o después, una crisis económica. El dinero caliente se retira a la misma velocidad que entra, causando graves daños en la economía y en las condiciones de vida del país en cuestión.

 

Si en 1980 las distintas naciones presentaban, con pequeñas diferencias, balanzas de pagos más o menos equilibradas, poco a poco, y especialmente en los primeros años de este siglo, los saldos positivos y negativos han ido incrementándose y abriendo ampliamente el abanico entre países deudores y acreedores. Los países asiáticos: China, Hong Kong, Japón, Indonesia, Malasia, Singapur, Tailandia y Taiwán, financiaban a los países occidentales: EE.UU., Australia, Canadá. En 2007 el superávit chino se elevaba al 11,1% del PIB, mientras que el déficit de EE.UU. alcanzaba el 5,2%. China prestaba a EE.UU. para que comprase sus productos. La situación era inestable y explosiva, y por fuerza tenía que estallar, como así ocurrió.

 

Que la Unión Europea en 2007 presentase frente al exterior un saldo próximo a cero no significaba que los países miembros no tuviesen también profundos desequilibrios, buen ejemplo de ello era el déficit de España (10,1%) y el superávit de Alemania (7,6%). También los alemanes prestaban a los países del Sur para que estos comprasen sus productos.

 

En los años posteriores al estallido de la crisis, si exceptuamos a la Eurozona, estos desequilibrios se han ido corrigiendo. Aun cuando China siempre se ha mostrado reacia a depreciar el tipo de cambio, la presión internacional, el hecho incontestable de la crisis y sobre todo la actuación de la Reserva Federal con su política monetaria expansiva originaron que el dólar se depreciase frente al yuan cerca del 20% y que los saldos de las balanzas por cuenta corriente de EE.UU. (-2,5%) y de China (2,6%) se moderasen.

 

La evolución en la Eurozona ha sido totalmente distinta. La existencia de una moneda única imposibilitaba que el equilibrio se lograse mediante variaciones del tipo de cambio. Si los déficits de las balanzas de pagos de los países del Sur se han ido corrigiendo ha sido mediante una política durísima de ajustes y de deflación competitiva, que ha hundido los salarios; política instrumentada por los respectivos gobiernos pero impuesta mediante el chantaje por Alemania y las instituciones europeas. Sin embargo, el país germánico se ha negado a corregir su superávit (actualmente situado en el 7%) lo que, hubiese equilibrado la situación en su conjunto, y hubiese permitido que el ajuste de los otros países hubiese sido mucho menos cruento.

 

La situación de la Eurozona es paradójica. Por un lado, su balanza de pagos frente al exterior ha dejado de estar equilibrada y, debido al superávit alemán, presenta en su conjunto un saldo positivo por cuenta corriente del 3% que, dado el volumen de la economía de la Eurozona, se convierte en un fuerte factor de desequilibrio mundial. Por otro lado, la política continuada de ajustes la ha conducido al estancamiento y al riesgo de deflación, lo que ha obligado al BCE, aunque tarde y a contracorriente, a poner en práctica una política de expansión cuantitativa, depreciándose de este modo el euro con respecto al dólar y a otras monedas como el yuan. No deja de ser contradictorio y distorsionante para el resto de países devaluar la moneda al tiempo que se mantiene un fuerte superávit exterior.

 

China, aunque mantenía, forzada por las circunstancias, una postura más moderada y había dado señales de orientar su economía más hacia al consumo interior y hacia la inversión, nunca ha abandonado por completo sus pretensiones de basar su crecimiento en el comercio exterior. El progresivo deterioro de sus exportaciones, fruto de la parálisis en el comercio mundial y la depreciación del euro, y la previsión de la revalorización del dólar ante el futuro giro de la política de la Reserva Federal, la ha hecho temer por su crecimiento y la ha llevado a prescindir del anclaje de la divisa americana y depreciar su moneda en un intento de ganar cotas de mercado. Por ahora lo ha hecho en un 5%, pero no hay que descartar que se puedan producir nuevas devaluaciones.

 

El problema de fondo es que tanto China como Alemania (más este último país, dado que sus exportaciones superan ya ampliamente a las de China a pesar de tener un PIB tres veces inferior) no pueden pretender basar su crecimiento en el comercio exterior, postergando la demanda interna. No podemos vivir todos del déficit de EE.UU. Los saldos de las balanzas de pagos no tienen por qué estar siempre equilibrados, pero tampoco pueden mantenerse desequilibrios permanentes ni de cuantías considerables. A la larga la situación es insostenible, y cuando son las principales economías del mundo las que adoptan esta postura la crisis y la recesión internacional están servidas.

 

Alemania pretende copiar la política china (de hecho está siendo un alumno aventajado hasta sobrepasar al maestro) e imponerla al resto de la Eurozona. Se escuda detrás de la moneda única y de la imposibilidad de devaluar que tienen el resto de los países miembros. Se está convirtiendo por esta vía no solo en una plaga para muchas sociedades y economías europeas, sino en la mayor amenaza para la estabilización de la economía internacional. China ha sido la primera en responder. Veremos qué hace EE.UU.