20-06-2014

Cataluña y las elecciones europeas

 

Tal como he ido indicando en mis últimos artículos, son muchas las conclusiones que se pueden extraer de las elecciones europeas celebradas el 25 de mayo. Pero hay un aspecto que ha sido poco señalado o, peor aún, que cuando de pasada se ha hecho referencia a él, ha sido para darle un sentido contrario al que de verdad tiene, lo que indica, una vez más, la habilidad del nacionalismo catalán para invertir el discurso.

 

El presidente Mas y todos los que abogan por el secesionismo apostaron en la campaña electoral por la participación, pretendiendo convertir esta variable en un termómetro de la adhesión catalana al independentismo y de la voluntad de Cataluña de permanecer en Europa como Estado independiente. Los resultados han estado muy lejos de sus expectativas. Una participación del 47% (tan solo dos puntos por encima de la media del total nacional, y más baja que la de otras Comunidades, como Valencia, Castilla-León, Madrid, Rioja y parecida a la de Castilla-La Mancha) no es para considerarla un éxito, por mucho que los nacionalistas hayan argumentado que ha subido dos puntos con respecto a los últimos comicios europeos.

 

Por otra parte, teniendo en cuenta que entre CiU y Esquerra consiguieron el 45,53% de los votos emitidos, se podría interpretar que apuesta por el secesionismo el 21,68% del cuerpo electoral; incluso de esa cifra habría que descontar aquellos que -como los votantes de Unió- se inclinan por la tercera vía. Esos son los únicos datos ciertos, lo demás son especulaciones. En realidad, los apoyos cosechados por CiU y por Esquerra conjuntamente guardan una regularidad increíble: en las autonómicas de 2006, antes de que se iniciase el proceso soberanista, el porcentaje fue del 45,55% de los votantes, en 2010 del 45,43%, y en 2012, cuando Mas disolvió el Parlament, el 44,36%. Ahora, en las europeas de 2014, el 45,53%. Interpretar los resultados como una intensificación del secesionismo es pura arbitrariedad y manipulación de la realidad a las que el nacionalismo nos tiene muy acostumbrados.

 

Los resultados, sin embargo, sí son muy elocuentes en lo que hace referencia a CiU, aspecto que se ha soslayado por completo. Desde que comenzó el proceso soberanista ha pasado del 38,43% (2010) de los votos emitidos al 21,86% (2014), es decir, ha perdido 16 puntos, y lo curioso es que se han quedado impasibles ante este resultado. Abdica el Rey, el BCE se decide a actuar, dimite Rubalcaba, y el PSOE, según dicen, se adentra en un proceso de cambio y reflexión; se va Pere Navarro a pesar de que el PSC obtuvo un resultado (14,28%) ligeramente mejor que en las últimas elecciones, las autonómicas de 2012 (13,68%), y en CiU no pasa absolutamente nada, ni Mas parece sentirse obligado a entonar el mea culpa por llevar a su formación política a la catástrofe. Todo lo tapa el secesionismo.

 

En verdad el nacionalismo todo lo tapa y todo lo desfigura, y ejemplo de esa distorsión de la realidad lo constituye el discurso de Durán en el debate sobre la abdicación del Rey en las Cortes Generales. Una vez más, recurrió al victimismo. Intentó justificar su abstención y la postura de ruptura que defiende CiU en Cataluña echando las culpas a los demás. Según afirmó, se les excluyó de una historia compartida, del desarrollo de la Transición y de la Constitución. Cataluña no se siente integrada.

 

Lo malo de los nacionalistas es que nunca se sabe si se refieren al partido o a Cataluña; para ellos es lo mismo, ellos son Cataluña. Pues bien, no creo que esta Comunidad haya intervenido menos que cualquier otra en el desarrollo político de España. Los catalanes han participado en todos los partidos, sindicatos, organizaciones empresariales y sociales. En los distintos gobiernos y entre los cargos públicos han abundado los catalanes. Afirmar que Cataluña en estos treinta y cinco últimos años ha estado marginada o que ha sido excluida de la historia de España es una falsedad y una injusticia.

 

Pero si Durán se refería a su formación política, la falsedad y la injusticia es aún mayor. En relación con el porcentaje de votos obtenidos, a CiU se le ha concedido un protagonismo y un papel en la política nacional que no le correspondía. De haber algo, hay autoexclusión, la que ellos hayan querido asumir en su estrategia victimista.

 

Para justificar el proceso secesionista se suele recurrir a la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía, arguyendo que el recurso y la sentencia rompieron el consenso constitucional. A mi entender, la ruptura del consenso la realizaron aquellos que elaboraron, aprobaron y presentaron a la sociedad catalana un Estatuto inconstitucional. Todo el mundo era consciente de los múltiples elementos de inconstitucionalidad del proyecto aprobado por las Cortes; en mayor medida, desde luego, el enviado desde el Parlament catalán. Dada la presión a la que se vio sometido el Tribunal Constitucional, su sentencia fue de mínimos, intentando salvar todo lo que pudiera ser salvado, aunque fuese con muchas dudas. El Estatuto fue un intento tramposo de cambiar la Constitución por la puerta de atrás, sin someterse a los trámites adecuados. Ellos fueron los que rompieron el consenso. Fallado el primer intento, cambian de procedimiento pero el objetivo es el mismo. Nace el proceso soberanista.

 

Hay muchas cosas que me desagradan de la Constitución de 1978. Me encantaría reformarla. Tal vez la mayoría de los españoles querrían modificarla también. De lo que no estoy nada seguro es que todos quisieran cambiarla en el mismo sentido. Y ahí surge el problema. Es verdad que en 1978 el consenso se consiguió ante la vigilante mirada de los sables, pero se consiguió. A todos les pareció aceptable, precisamente porque a nadie satisfizo por completo. Es muy posible que después de 35 años haya muchos aspectos del texto que puedan estar obsoletos y necesiten reforma, pero ¿vamos a ponernos de acuerdo? ¿Son estas las mejores circunstancias para abrir un melón de esas características? ¿Va a ser posible el consenso? Uno de los grandes defectos de nuestra historia reciente es que desde 1812 la realidad política de España está jalonada de constituciones que se sucedían con breves espacios de tiempo entre ellas, porque cada grupo triunfante pretendía imponer la suya a los demás. No cometamos de nuevo el mismo error.