19-12-2014

La insoportable levedad del euro

 

Si algo enseñan las crisis financieras es que los magnates de las finanzas no son tan listos como la gente cree. Es sorprendente la cantidad de errores que cometen, están, a menudo, dispuestos a autoengañarse. La avaricia y la autoestima desmedida les ciegan. Suelen caer en el voluntarismo y practican un optimismo trascendental, una especie de ley de Murphy al revés. Si la tostada puede caer del lado opuesto a la mantequilla piensan que así será. Siempre la mejor opción. Eso explica las burbujas financieras, y que sea tan duro despertar de tanto ensueño.

 

Algo parecido se produce también entre las oligarquías económicas, políticas y mediáticas; confunden los deseos con la realidad y terminan por engañarse a sí mismas. Con frecuencia esconden la cabeza debajo del ala como el avestruz. Zapatero y sus avispados ministros no querían la crisis y la negaron hasta el último momento. Rajoy, antes de enfrentarse con las urnas, ansía poder anunciar la recuperación de la economía y por eso afirma que la crisis es ya historia.

 

A los poderes económicos de Europa les interesaba una moneda única y movilizaron todas las fuerzas a su servicio para construir una teoría que mostrase los muchos beneficios del euro, y que ocultase lo evidente: las contradicciones enormes del proyecto y por lo tanto los graves problemas y dificultades que antes o después habrían de surgir. Hasta tal punto se habían creído su propia mentira que se mostraron sorprendidos cuando estos hicieron su aparición, pero una vez más han echado mano del voluntarismo para identificar lo que no es más que una prórroga en los mercados financieros con una victoria definitiva, la medicina que oculta los síntomas con la curación total, y se han apresurado a pregonar que el euro se había salvado.

 

Ha bastado con que se maneje la posibilidad de unas elecciones en Grecia para que los mercados vuelvan a tambalearse y se muestre a las claras cómo el equilibrio actual en la Eurozona es totalmente inestable; tan frágil que el edificio está condenado a temblar de vez en cuando, hasta que termine por derrumbarse por completo. Esto es lo que las fuerzas vivas de los países europeos prefieren ignorar y continuar creyendo que no existe la marcha atrás, pero Grecia se ha convertido en ese semáforo en rojo que con frecuencia nos recuerda la precariedad de la situación.

 

En esta ocasión ha sido la convocatoria por parte del primer ministro Samaras de la designación del presidente de la República, lo que conllevaría, si no se llegara a contar con mayoría suficiente, la disolución del Parlamento y el anuncio de nuevas elecciones, elecciones que parece ser que ganaría Syriza, cuyos dirigentes se han declarado partidarios del impago de la deuda. Con toda probabilidad esta medida implicaría la salida de Grecia del euro, la devaluación de su moneda y la suspensión de la libre circulación de capitales, pero es muy posible también -y quizá en eso confía Syriza- el contagio a otros países de la Unión Monetaria, teniendo en cuenta que Alemania logró que sus bancos y sus fondos sacasen su dinero de Grecia y que las deudas están ahora en manos de los contribuyentes europeos. El desenlace tendría que ser un acuerdo de deudores y acreedores, y tal vez la ruptura de la Unión Monetaria.

 

La mejora en algunos indicadores económicos, tales como el turismo o el equilibrio presupuestario, ha servido para que el primer ministro se apresurase a declarar que Grecia abandonaba el rescate antes de tiempo; pero lo cierto es que la situación económica de Grecia continúa siendo catastrófica, y las condiciones de una gran parte de la población, críticas. Algo parecido ocurre en estos momentos en España en que el presidente del Gobierno ha declarado solemnemente el final de la crisis, pero la mayoría de los españoles experimentan a diario una realidad bien distinta.

 

Por mucho que las oligarquías políticas y económicas se empeñen en lo contrario, la Unión Monetaria es inviable económica y políticamente. A pesar de los pesares, los países europeos son democracias. ¿Hasta cuándo estarán las sociedades dispuestas a continuar por la senda de la pérdida progresiva de los derechos sociales que se habían conquistado? En todos los países se está disolviendo la organización política consolidada, con el surgimiento, a la derecha y a la izquierda, de formaciones políticas nuevas que ponen en entredicho los principios hasta el momento aceptados generalmente. Desde el stablishment se ha venido defendiendo el statu quo recurriendo al miedo, se utiliza la necesidad de las medidas y que cualquier otra alternativa conduce al caos y al desastre económico, pero ¿qué ocurre cuando no hay nada que perder, cuando una parte de la población piensa que cualquier opción es mejor que la situación presente, cuando consideran que para ellos hace mucho tiempo que llegó el desastre económico? Los líderes europeos no han medido bien las consecuencias de traspasar una determinada línea.