19-06-2015

Desbarrando a la derecha y a la izquierda

 

Los resultados electorales del 14-M no por esperados han creado menos ruido en la sociedad española. La caverna -la parte más reaccionaria del PP, hasta el punto de salirse casi de esta formación política- está indignada y sus miembros denostan lo que llaman “pacto de perdedores”. Tantos años acostumbrados al bipartidismo, aunque hubiese que pagar de vez en cuando el peaje nacionalista, que no se entiende que la sociedad hoy (en realidad, hace ya bastante tiempo) es mucho más plural y no cabe en los moldes reducidos del PP y del PSOE.

 

La caverna, en su desesperación, afirma cosas la mar de divertidas. Su máximo exponente ha sido Esperanza Aguirre, proponiendo sucesivamente opciones descabelladas y contradictorias; todo con tal de no perder el control y el protagonismo. El señor Carmona tal vez no sea muy inteligente, pero sí lo suficiente para darse cuenta de la trampa que se le tendía: ser alcalde pero hipotecado a los concejales de la Espe, que sería la verdadera alcaldesa en la sombra.

 

La caverna se rebela, llora y patalea porque no gobierna, según dicen, la lista más votada, lo califica entonces de sistema poco democrático. No se dan cuenta, o no quieren dársela, de que el problema no está en la elección, sino en el funcionamiento posterior. Cuando el voto ciudadano se ha repartido como en esta ocasión poco importa ser la lista más votada, si no se cuenta con la suficiente complicidad de otros partidos para poder conformar una mayoría para gobernar. Solo los acuerdos entre las fuerzas políticas, bien estables, bien puntuales, pueden garantizar la gobernabilidad, al menos durante un periodo de tiempo.

 

Ahora reniegan de nuestra ley electoral porque no permite la elección directa ni la segunda vuelta, y para fundamentar su postura citan a otros países. Lo mezclan todo sin ningún rigor, pero en la pataleta todo vale. Olvidan la diferencia que hay entre un sistema presidencial y otro parlamentario; y cuando ponen como ejemplo a otros estados no reparan en que se están refiriendo a la elección del presidente de la República, cosa para nosotros inviable por la sencilla razón de que no somos una república, y no creo que entre sus pretensiones se encuentre la de su instauración. Por otra parte, a mi entender, el sistema proporcional es mucho más democrático que el mayoritario. Si nuestro sistema electoral es imperfecto es en el fondo porque no está garantizada suficientemente la proporcionalidad.

 

La caverna mediática y política hace el ridículo porque se les ve el plumero cuando se empeñan en aconsejar al PSOE lo que deben y no deben hacer y con quién deben pactar y con quién no. Adoptan el papel de Casandra anticipando a esta formación política toda clase de males en caso de no seguir sus indicaciones.

 

Su cabreo se origina por la pérdida del poder del Partido Popular. Buscan la responsabilidad en el exterior, cuando deberían mirar hacia dentro. Gran parte de la ciudadanía ha castigado la corrupción que ha salpicado a esta formación política y las medidas antisociales que han aplicado de las que no ha sido ajena, desde luego, la caverna, exigiendo más madera. Si por ellos hubiese sido, se habría ido mucho más lejos. Deberían autoinculparse porque además han sido críticos muy cualificados del Gobierno. ¿Es que acaso no hemos visto a Benigno Blanco, secretario de Estado de Medio ambiente y de Infraestructuras en los gobiernos de Aznar, exhortar a que se castigase con el voto al PP por incumplir su palabra de reformar la ley del aborto. Esperanza Aguirre ha dado muchos votos a Manuela Carmena.

 

Tampoco están muy finos los nuevos partidos poniendo condiciones. La desilusión es forzosa por su levedad y relativismo. Cifrar todo en las primarias, las listas abiertas o la limitación de mandatos, es de una gran pobreza política y, además, son medidas que en modo alguno garantizan mayores cotas de democracia. En casi todas las ocasiones actúan en sentido contrario (ver artículos de 6 de junio y 5 de septiembre de 2014). Pero lo que sin duda tiene más calado es esa obsesión que les ha entrado a todos por convertir a los políticos a la pobreza franciscana, obligándoles a que sus sueldos sean como máximo tres veces el salario mínimo interprofesional.

 

En una sociedad en la que la diferencia, atendiendo solo a las rentas del trabajo, es como mínimo de 1 a 100, resulta peligroso convertir la actividad política en un gueto separado del resto de la sociedad. La lucha contra la desigualdad tiene que ser general y no limitada a disminuir los sueldos de los cargos públicos. En 1982 la llegada del PSOE al poder vino acompañado de la misma moralina. Recuerdo que el Director general del Tesoro y el de Patrimonio, que provenían respectivamente del Banco de España y de la Confederación de las Cajas de Ahorro, debido al dinero que perdían, estuvieron a punto de no tomar posesión de sus cargos y hubo que completarles la retribución de forma extraordinaria. En mi propio caso, que fui nombrado Interventor general del Estado, fue la etapa, y siempre lo digo, en que más apuros económicos pasé. Esos fueron los comienzos del PSOE, todos conocemos el desenlace.

 

Las retribuciones de los cargos públicos en España son de las más bajas de Europa, bien lo saben los eurodiputados. Reducirlas más aún conduce a condenar la actividad política a una de estas tres situaciones: o bien se dedican a ella solo los quijotes, y estos no suelen abundar, o bien los carentes de cualificación y competencia sin demasiadas alternativas en la vida civil, o bien aquellos que están dispuestos a aceptar una retribución reducida porque esperan tener otras extraoficiales y no demasiado legales, ya sea durante su mandato, ya sea preparándose un puesto en el sector privado para después de haber abandonado el cargo público.La postura populista y en cierta medida hipócrita de querer hacer de todos los políticos frailes mendicantes tiene otro efecto perverso: la de depauperar, como consecuencia, toda la función pública convirtiéndola en poco atractiva, fomentando la emigración al sector privado y condenándola a la mediocridad, terreno adecuado para que el neoliberalismo la vilipendie y afirme que es mejor encomendar los servicios al sector privado.