18-10-2013

La falaz recuperación económica

 

El Gobierno está empeñado en hacernos comulgar con ruedas de molino. El ministro de Hacienda, en medio de la irrisión popular, afirma tajantemente que los salarios no se han reducido, sino que solo han moderado su crecimiento, y todos los miembros del Ejecutivo al unísono están resueltos a proclamar la recuperación económica como si del evangelio se tratase. Puede consistir tan solo en una estrategia de cara a los próximos comicios (los primeros, los europeos, son en mayo), pero lo más grave sería que ellos mismos se lo creyesen.

 

La recuperación de la economía es algo más que pasar de tasas de crecimiento negativas a positivas. Llevamos ya seis años de crisis económica, que más que crisis podríamos denominar estado deplorable de postración económica. La palabra crisis hace referencia, según el Diccionario de la Real Academia, a un cambio brusco de una situación a otra, por lo que tiene una connotación de periodo limitado en el tiempo. La postración económica actual parece denotar, por el contrario, un estado permanente, duradero, una sima de la que es difícil salir. Durante estos seis años (de 2008 a 2013) la tasa de variación del PIB real ha seguido respectivamente la siguiente evolución: 0,9; -3,8; -0,2; 0,1; -1,6 y -1,3%. En 2010 se comenzó a hablar también de recuperación ya que la tasa de crecimiento (más bien se debería decir de decrecimiento) de la economía pasó del -3,8 al -0,2% y se preveía, como así acabó siendo, una tasa positiva para 2011, pero la euforia duró poco tiempo puesto que en 2012 se retornó a las tasas negativas.

 

Frente al optimismo interesado del Gobierno, supuestamente por motivos electorales, el FMI ha venido a echar un jarro de agua fría previendo para 2014 una tasa de crecimiento del 0,2% y un ascenso paulatino del PIB del 0,6; 0,7; 0,9; 1,2% para los años 2015, 2016, 2017 y 2018. Es decir, que solo podremos hablar de una verdadera recuperación a partir de 2018, y aun así tibia. Como corolario lógico, todos estos años el desempleo se mantendría por encima del 25%, rondando por tanto los seis millones de parados.

 

No seré yo desde luego el que tome al pie de la letra las previsiones del FMI. Con toda seguridad no coincidirán con la realidad, pero la relevancia del informe no está en las cifras concretas, sino en la visión que subyace detrás, el convencimiento de que la actividad económica de nuestro país no se recuperará hasta 2018, y ello por señalar un referente temporal, porque lo único cierto es que la economía de España está en un hoyo del que no parece que pueda salir en el corto plazo.

 

El Gobierno basa su apreciación optimista en dos variables. La primera, la mejora en la competitividad que parece haber cerrado la brecha de la balanza de pagos, y la segunda, el nivel en que se mueve la prima de riesgo, muy por debajo del que llegó a alcanzar en otras épocas.

 

Parece cierto que el brutal descenso de los salarios se ha transmitido al final, aunque sea parcialmente, a los precios, haciendo nuestros productos más competitivos en el exterior, lo que, unido a los problemas que tienen los empresarios para vender en el interior, ha relanzado las exportaciones. Este hecho ha contribuido a la consecución del equilibrio de la balanza de pagos, que aparece como el factor más positivo que se vislumbra en el panorama actual de nuestra economía. Sin embargo, no hay que olvidar que la realidad que ha concurrido más a este objetivo es la caída de las importaciones, resultado de la inhibición del consumo y de la inversión, y que tan pronto como hubiese indicios de reanimación el desequilibrio, aunque fuese en una dimensión más reducida, volvería a presentarse.

 

Por otra parte, es preciso tener en cuenta que las mismas medidas (reducción salarial y ajustes presupuestarios) que pueden estar ocasionando una mayor competitividad hunden la demanda interna y que esta colabora en la formación del PIB en un porcentaje bastante mayor que el sector exterior. Resulta por tanto imposible que la economía pueda reanimarse plenamente tan solo a través de una mejora de la balanza de pagos. Esta es una condición necesaria pero no suficiente, y conseguirla a costa de deprimir la demanda interna mediante reducciones de costes laborales y sociales constituye sin duda la fórmula perfecta para condenar la economía al estancamiento.

 

Consideremos además que la competitividad que el Gobierno y las empresas pretenden ganar con la reducción salarial y de los gastos sociales la pierden en el interior de la eurozona al pagar unos tipos de interés dos o tres veces superiores a los de Alemania, y en el exterior con el mantenimiento de un euro sobrevalorado con respecto al dólar y al resto de monedas.

 

El segundo hecho, ya mencionado, que maneja el Gobierno como señal de que la coyuntura está cambiando es el descenso en la prima de riesgo que soporta la deuda española. Es indudable la mejora que ha experimentado esta variable y la relativa tranquilidad que desde hace tiempo afecta a los mercados, a la que no son desde luego ajenas las recientes elecciones en Alemania. El contraste con épocas pasadas ha creado en las distintas instancias políticas y económicas la sensación de que el peligro se ha conjurado, pero una cosa es que la amenaza de una ruptura caótica de la Eurozona se haya alejado en el tiempo y otra muy distinta que en una unión monetaria sea sostenible un diferencial continuo como el actual en los tipos de interés. Se fractura y se adultera la competencia entre países y empresas.

 

Por otra parte, ¿estamos seguros de que esta calma de los mercados va a perdurar? La deuda pública española afronta una ascensión imparable marcando records históricos, tanto más grave cuanto que hace tiempo que se privatizaron ya las principales empresas del país que podían servir de contrapartida y garantía al endeudamiento. Aun cuando gran parte de esta deuda pública proviene de asumir deuda privada, esta continua siendo muy elevada, tanto que la posición deudora neta de España frente al exterior, fruto de los déficits de la balanza de pagos de años anteriores, se eleva a un billón de euros. Una diferencia, entre otras, entre devaluar la moneda y devaluar precios y salarios es que en la primera situación la deuda frente al exterior se reduce en la misma medida mientras que en la segunda la deuda permanece intocable. Es difícil pensar que el déficit público, y con él la deuda, se pueda corregir. Con seis millones de parados y los salarios y el consumo reduciéndose, la recaudación fiscal no puede traer muchas alegrías y los ajustes en el gasto público no dan más de sí.

 

Tal como afirma Stiglitz, una economía con el 25% de desempleo, como ocurre en Grecia y España, continúa, por mucho que se diga otra cosa, deprimida. Habría que decir aún más, en una economía en la que los salarios se reducen, las obras públicas están paralizadas, los gastos sociales disminuyen y tres millones de personas viven en situación de pobreza severa, es decir, con menos de 307 euros al mes, no se puede hablar de recuperación económica.

 

Hay dos tipos de discurso oficial. Por un lado, en el que se incluye el Gobierno, se sitúan los amantes de los recortes y de la deflación competitiva que piensan que, gracias a las medidas adoptadas, hemos empezado realmente a levantar cabeza y que lo que hay que hacer es perseverar en la misma línea. Por otro están los que de forma más clarividente desconfían de la recuperación y comparten muchas de las cosas anteriormente dichas, poniendo de relieve los peligros que acechan a la economía española. Aciertan creo yo en el diagnóstico y en el rechazo a la política de austeridad, pero se quedan cortos a la hora de las alternativas. Proponen medidas correctas: dejar de ayudar a los bancos para auxiliar a las empresas y familias, una reforma fiscal con incidencia sobre todo en el impuesto de sociedades y devaluar el euro.

 

Son medidas adecuadas, pero algunas como la última no están en manos del Gobierno español y dudo mucho de que el BCE esté dispuesto a continuar por esa vía, pero sobre todo es que son insuficientes, puesto que España necesita (habría necesitado) devaluar su moneda no solo frente a terceros países, sino también frente a los de la Eurozona. Es aquí donde radica el auténtico problema, que será muy difícil que la economía de países como Grecia, Portugal, España, o incluso Italia, pueda recuperarse verdaderamente y de forma estable mientras permanezcan en la Eurozona. Pero también es esto lo que nadie se atreve a decir.