16-05-2014

Abstención

 

Existe en los momentos actuales, al menos en España, una ofensiva para convencer a los ciudadanos de la importancia de las elecciones que se celebran el próximo día 25 de mayo. Todos los cañones informativos del stablishment repiten de manera obsesiva que en Europa se toman un número considerable de decisiones que afectan a nuestras vidas. Esta verdad, por desgracia, la tienen bien aprendida todos los europeos desde hace algunos años. Es posible que hasta 2008 no se hubiesen percatado de ella, pero a partir de esa fecha las instituciones europeas y la alargada sombra de Merkel se han hecho presentes como pájaros de mal agüero y mensajeras de todo tipo de desgracias.

 

Pero una cosa es que gran parte de las decisiones políticas se tomen en las instituciones europeas y otra muy distinta que se adopten democráticamente, y mucho menos que tengan algo que ver con la pantomima que se va a celebrar el 25 de mayo. Uno de los grandes defectos de la Unión Monetaria es que los Estados nacionales -que, con todas sus imperfecciones, mantienen un mínimo juego democrático- han entregado competencias muy importantes a instituciones que, como el Banco Central Europeo, tienen muy poco de democráticas. Después de tanto tiempo, no nos pueden convencer ahora de que nuestro voto sirve para algo.

 

Ante la imposibilidad de negar ya a la ciudadanía los horrores que se han seguido de la Unión Monetaria, entre las muchas trampas que el stablishment maneja se encuentra la pretensión de que aquellos son debidos a las políticas erróneas seguidas y no a lo defectuoso del diseño y a la estructura del propio sistema. Resulta francamente curioso contemplar a muchos de los que en otras épocas eran partidarios de estas medidas renegar ahora de ellas con la única finalidad de salvar como sea el euro y convencernos de que el proyecto es coherente, y de que no se equivocaron al respaldarlo tiempo atrás.

 

La culpa, afirman, es de Merkel, de Alemania, del Banco Central Europeo, que no actúa, de la Troika y del neoliberalismo económico. Pero si Merkel y Alemania están imponiendo su política en contra de los países del Sur es porque el sistema se lo permite, y porque el proyecto se diseñó de tal manera que los ajustes recaen exclusivamente sobre los deudores y a nada se obliga a los acreedores y a los que presentan excedentes en sus balanzas de pagos. De poco sirve quejarse ahora de la actuación del Banco Central Europeo; ello debería haberse tenido en cuenta antes de aprobar su estatuto concediéndole plena autonomía e independencia de los poderes políticos y de haber definido sus funciones según un esquema rígidamente monetarista que se desentiende del crecimiento. Y en cuanto al neoliberalismo económico, no es que sea la política económica aplicada en estos años, sino que es el tejido con el que se ha construido la Unión Monetaria y que hace difícil, por no decir inviable, aplicar otro tipo de política.

 

Una unión monetaria sin integración fiscal y política conduce a la quiebra de la democracia y al deterioro progresivo del Estado social. La realidad ha venido a demostrar lo que indicaban la teoría económica y los principios más elementales del sentido común. Lo incompresible es que tantos intelectuales e insignes economistas diesen su aquiescencia a un proyecto tan contradictorio y tan injusto. La razón hay que buscarla, sin duda, en que, desde el punto de vista de la carrera personal, es mucho más lucrativo equivocarse con la mayoría que acertar con la minoría. Es esa misma razón la que les conduce ahora a intentar justificar como sea su postura, buscando salidas que en el fondo saben que son inviables.

 

La creencia de que la unión de treinta países tan heterogéneos puede caminar hacia una integración política es una quimera cuando no una superchería, porque superchería es pretender hacernos creer que las contradicciones presentes se superarán por una utopía que nunca podrá hacerse realidad. En la Unión Monetaria no caben parches ni cambios de rumbo. Son todos los cimientos los que están viciados, y es el edificio en su totalidad el que debe derribarse. El participar en este juego ha de calificarse, en el mejor de los casos, de ingenuidad; en el peor, de complicidad con un sistema criminal que está engendrando una gran desigualdad, dolor, desolación y cuantiosas y enormes injusticias. Desde la democracia y desde la izquierda tan solo cabe una postura consecuente en estas elecciones: la abstención.