15-11-2013

Draghi en el laberinto

 

Aunque tarde, el presidente del BCE ha tomado una medida que parecía totalmente necesaria y que, desde luego, es imprescindible para los países del Sur, y más concretamente para España: reducir los tipos de interés con la finalidad de detener la apreciación del euro.

 

El discurso del Gobierno, de sus acólitos mediáticos y de buena parte de los economistas acerca de la deflación competitiva, vía bajada de salarios, y sus efectos sobre la recuperación económica es de una gran simpleza y bastante erróneo, porque la escasa competitividad adquirida por este procedimiento y con ingente sufrimiento social queda anulada por la apreciación de la moneda única.

 

La brutal bajada de salarios se ha transformado en moderación de precios en escasa medida; pero es que, además, al hablar de competitividad no solo es relevante la tasa doméstica de inflación, sino la evolución de los precios de nuestros competidores, muchos de ellos con una moneda diferente a la nuestra y ya devaluada frente al euro.

 

Los apóstoles de la austeridad y de la deflación, cuando pretenden incrementar el crecimiento robando un trozo de pastel al vecino, olvidan o quieren olvidar que los otros países pueden responder de manera similar. Si España cuenta en la actualidad con una tasa de inflación excepcionalmente baja, también la Eurozona; de manera que en el tercer trimestre del año los precios españoles crecieron menos que los de nueve países del área del euro, pero más que los de otros siete, con lo que el índice de competitividad en tasa interanual aumentó tan solo el 0,1%. La cosa no es para echar las campanas al vuelo ni para poder basar en ello la recuperación, tanto más cuanto que para conseguirlo ha habido que seguir deprimiendo la demanda interna.

 

La situación se vuelve catastrófica si salimos del área del euro. En el tercer trimestre España perdió frente a la Unión Europea en su conjunto 0,9 puntos de competitividad, ya que si bien gana 0.1 puntos debido a una menor inflación ha perdido un punto por la apreciación del euro con respecto al resto de monedas europeas. Y si la comparación se realiza con los países de la OCDE que se encuentran fuera de la Eurozona, la competitividad de nuestro país descendió seis puntos, puesto que el euro se ha apreciado en un 7,2%.

 

Resultaba pues imprescindible que el BCE hiciese algo para desinflar la tendencia alcista del euro, al menos igualando los tipos de interés con respecto al dólar y al yen. La pregunta es si a estas alturas esta medida será suficiente, si no hubiera sido preciso tomarla antes y si ahora no se debería inyectar liquidez en el sistema comprando deuda pública en el mercado secundario, tal como hace el Banco de Japón o el de la Reserva Federal.

 

El laberinto en el que se debate el BCE es que no maneja una moneda, sino diecisiete diferentes y que la política monetaria -y por ende la cambiaria- debería ser distinta en cada país. Si para los países del Sur, incluyendo Francia e Italia, es vital que el euro se devalúe, no así para Alemania, al menos mientras mantenga un superávit en su balanza de pagos del 6%. Es este permanente 6% de excedente en sus cuentas exteriores el que está complicando la economía de la Eurozona y lleva camino de complicar toda la economía mundial.

 

Hasta 2008 el superávit alemán se compensaba casi en su totalidad con el déficit de los demás países del euro. La balanza de pagos de la Eurozona en su conjunto se encontraba más o menos equilibrada, pero ese equilibrio externo ocultaba profundos desajustes internos entre los países, y han sido precisamente estos los que han generado todos los problemas de la Eurozona y los que la han arrastrado a la recesión. La situación era absolutamente insostenible, y países como España se han visto en la obligación de corregir su déficit exterior, aun cuando haya sido, al no poder devaluar, a un coste altísimo, el de hundir su economía.

 

En estos momentos, el superávit alemán no se compensa, al menos no en su totalidad, dentro de Europa. La Eurozona presenta un saldo exterior del 2% del PIB, lo que no parece que pueda mantenerse en el futuro, y en estas condiciones no es fácil que el resto de los países, empezando por EEUU, vayan a permitir que el euro se deprecie; ni tampoco el BCE va a tener fácil el conseguirlo, al menos en la cuantía que países como España necesitarían.

 

El superávit alemán no solo es ya un problema para la Eurozona, sino que se está convirtiendo también en un quebradero de cabeza para la economía mundial. De ahí que el FMI, la OCDE o países como EE. UU. lo critiquen. Pero las presiones están arraigando también en Bruselas y en Frankfurt; la Comisión y el propio BCE han empezado a comprender que las dificultades de la zona euro se encuentran mucho más en el superávit exterior alemán que en el déficit de los países del Sur.

 

Desde la misma firma del Tratado de Maastricht, y desde luego desde la aprobación del Pacto de Estabilidad, algunos señalamos que la variable relevante no era el déficit público, sino el saldo de la balanza de pagos, en su doble vertiente de déficit y superávit, porque a todo déficit le corresponde un superávit, y tan culpable de los desequilibrios y de las complicaciones económicas que puedan derivarse, son el uno como el otro. Solo el sectarismo ideológico de los que anatematizan todo lo público ha podido llevar a condenar sin paliativos el endeudamiento público y a quitar toda importancia al privado, y solo la sumisión a Alemania ha podido hacer olvidar que tras los déficits de unos países y como condición necesaria se encuentran los superávits de otros.