15-08-2014

Las fundaciones y la ideología dominante

 

Sostenían Marx y Engels en su obra "La ideología alemana" que la ideología dominante en la sociedad es la ideología de la clase dominante. Aseveración que se adecuaba perfectamente a la situación social de su época. Creíamos, no obstante, que con la democracia, el sufragio universal y el Estado social se trataba ya de una realidad superada. Los hechos, sin embargo, nos van sacando poco a poco de nuestro error y tendemos a pensar que aquella afirmación mantiene hoy toda su vigencia. Ahora, quizá más que nunca, la clase dominante tiene medios e instrumentos eficaces para conformar el pensamiento social. No en vano se habla de pensamiento único.

 

Los tentáculos del poder económico se extienden y se introducen en todos los ámbitos de la realidad. En los medios de comunicación social, en la cultura, en la enseñanza, en el deporte, en los partidos políticos, en los sindicatos, incluso en muchas ONG; en cualquier sector en el que se pueda generar ideología, allí se encuentran presentes el dinero y quienes lo manejan. Es más, se ha diseñado una serie de instrumentos que, bajo apariencia de benevolencia y magnanimidad, ayuda a esa penetración. Los bancos y las grandes empresas se han disfrazado de benefactores, todos crean fundaciones, todos asumen patrocinios y promueven mecenazgos.

 

En este capitalismo monopolista actual se produce un intercambio de papeles, las empresas están empeñadas en asumir las funciones que por naturaleza le corresponden al Estado. Siempre se decía que en una economía de mercado, aunque fuera social, las compañías mercantiles no tenían sexo, ni afectos ni emociones, incluso, con esto de la globalización, ni siquiera nacionalidad. Creíamos que su único objetivo y finalidad consistía en maximizar su cuenta de resultados. Pues mire usted por dónde estábamos equivocados, ahora los bancos y las grandes empresas sienten una profunda inclinación a proteger la cultura, a financiar universidades y cátedras, a patrocinar jornadas, seminarios, ferias y másteres y, sobre todo, a crear fundaciones con las que canalizar todas estas ayudas. Hasta hemos elaborado una ley del mecenazgo para colmar a las empresas de exenciones y bonificaciones fiscales de modo que puedan realizar todas estas actividades, pero financiadas con dinero público.

 

Lo lógico sería que los bancos se dedicasen a dar créditos a los clientes, las grandes compañías de suministros a prestar diligentemente los servicios a los usuarios y consumidores, las constructoras a realizar de forma eficiente y económica la obra pública; y todas a obtener pingües beneficios y, eso sí, a pagar cuantiosos impuestos con los que el sector público pudiese costear, entre otras cosas, la cultura, la educación, el deporte, las publicaciones y las conferencias. Claro que, entonces, a lo mejor resultaría más difícil que se cumpliese la aseveración de Marx y Engels, especialmente si al mismo tiempo prohibimos que las empresas puedan financiar a los partidos políticos.

 

Los gestores de las grandes empresas y de los bancos utilizan las fundaciones como punta de lanza para el control social. Los rectores y catedráticos beben de su mano, las ideas económicas se diseñan a su dictado. Pongamos un ejemplo: FEDEA (Fundación de Estudios de Economía aplicada), ¿habrá algo en teoría más aséptico? En su página web se definen como una fábrica de ideas. Lo que es totalmente cierto. Solo hay que ver cómo sus teóricos expertos salen a la palestra cuando surge algún tema de candente actualidad que afecta de una u otra manera al reparto de la renta. Continúan afirmando que su objetivo principal es influir en la sociedad. No cabe duda, es decir, intentan conformar la ideología dominante; pero añaden que constituyen un referente independiente, objetivo e imprescindible, y eso ya no está tan claro, a juzgar por la composición de su patronato: Abertis, BBVA, Banco de Sabadell, Banco de España, La Caixa, Banco Popular, Iberdrola, Bolsa de Madrid, Fundación Ramón Areces, BANKIA, Banco de Santander, Repsol, Corporación Financiera Alba y Telefónica. Quien paga manda (aunque sea con dinero público), por lo que ya sabemos de dónde proceden las ideas que intentan introducir en la sociedad, de la clase dominante.

 

Las fundaciones también les resultan de gran utilidad a las formaciones políticas para disfrazar todas aquellas cosas en las que no desean que se vea directamente implicado el partido, o para eludir determinados preceptos legales. Forzado por la opinión pública y la ola de corrupción existente, el Gobierno se ha visto obligado a aprobar el proyecto de ley orgánica de control de la actividad económico-financiera de los partidos políticos, en la que quedan prohibidas las donaciones de las empresas a las formaciones políticas. Pero, como quien hace la ley hace la trampa, nada dice de las fundaciones de los partidos, de modo que estas podrán seguir recibiendo donaciones de las sociedades y de los bancos, con lo que se hará aún más fácil que las ideas dominantes sean las de los dueños del dinero, o las de sus servidores.