13-06-2014

Draghi y las elecciones europeas

 

Hay pocas dudas acerca de las múltiples consecuencias que han generado las elecciones del 25 de mayo; en nuestro país, por ejemplo, la abdicación del rey a favor del príncipe Felipe. Digan lo que digan acerca de lo preparado que estaba el relevo, lo cierto es que han sido los resultados electorales los que, al menos, han precipitado la sustitución. Hay que aprovechar la correlación de fuerzas parlamentarias a favor de la monarquía que existe en la actualidad para dejar no digamos atado y bien atado pero sí despejado un trámite que quizá con otra composición de las Cortes sería más difícil de solventar. En previsión de lo que pueda sobrevenir, dejemos la casa arreglada.

 

En Europa los resultados electorales también están acarreando secuelas. Han roto, por ejemplo, las últimas resistencias que había en el BCE para hacer una política más agresiva. Es verdad que la situación económica de la Eurozona exige esa postura de la autoridad monetaria, pero tal exigencia viene de muy antiguo y lo único que hasta ahora se había conseguido eran meras declaraciones. Los inquisidores del Bundesbank y sus discípulos han venido poniendo toda clase de objeciones y de obstáculos a fin de impedir cualquier medida de las llamadas “no convencionales”, aquellas que, por otra parte, vienen aplicando desde hace años los otros bancos centrales.

 

Solo la amenaza de un posible caos político en Europa, manifestada como aviso en estas elecciones, ha movido a los talibanes a hacer concesiones, concesiones sin duda parcas y muy alejadas de las medidas adoptadas por la Reserva Federal, el Banco de Japón o el de Inglaterra. La inyección de liquidez pretendida por el BCE es muy reducida si la comparamos con la efectuada por la Reserva Federal, cuyo pasivo ha pasado en estos años de 800.000 millones de dólares a cuatro billones, o con la del Banco de Japón que ha duplicado su balance, o con la compra masiva de activos por importe del 20% del PIB realizada por el Banco de Inglaterra. No parece que la llamada “flexibilización cuantitativa” aplicada en esos otros países esté aún entre los planes del BCE o al menos de algunos de sus miembros, aquellos emparentados con los intereses alemanes.

 

En los últimos meses ha sido constante el clamor para que el BCE se decidiese a actuar. Los que se empeñan en defender como sea contra viento y marea la viabilidad de la Unión Monetaria cifran en el BCE todas las esperanzas para salir del atolladero económico en el que se encuentra la Eurozona. No dudan en criticar a Draghi por su tardanza en adoptar medidas. Curiosamente, ninguno de ellos cuestionó en su día el modelo con el que se creaba el BCE, que de forma lógica iba a conducir a una actuación deficiente e incompleta. Es más, hace tiempo que vengo planteando dudas acerca de que, aun cuando quisiera, el BCE tenga capacidad suficiente para forzar la depreciación del euro, medida que parece imprescindible. De hecho, tras los últimos acuerdos, la cotización frente al dólar apenas ha sufrido variación.

 

El tipo de cambio de una moneda depende, sí, del tipo de interés y de la cantidad de dinero en circulación, pero debe guardar, al menos a medio plazo, cierta correlación con los saldos exteriores. La Eurozona presenta un superávit en su balanza de pagos cercano al 3% del PIB (consecuencia del 6% que alcanza Alemania). Resulta muy difícil que con ese saldo exterior una moneda pueda depreciarse. Y es que hablamos del euro, pero en realidad hay múltiples euros; el de Grecia, Portugal, Irlanda, España, incluso el de Italia y Francia, deberían devaluarse; sin embargo, el de Alemania y algunos otros países del Norte debería apreciarse. He ahí la contradicción, la paradoja, la tragedia en suma de la Eurozona.

 

Las medidas adoptadas y las que aún debería adoptar el BCE son totalmente necesarias pero no suficientes. La carencia de una hacienda pública y de una política fiscal comunes conduce a tales contradicciones. Y es que cuadrar el círculo resulta siempre imposible.