13-02-2015

Grecia y la dictadura del BCE

 

Se atribuye a Mayer Amschel Rothschild la siguiente frase: “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no me preocuparé de quién escriba las leyes”. He aquí el origen de la pérdida de soberanía de la Eurozona; han dejado la emisión y control de la moneda en manos de una institución carente de cualquier estructura y funcionamiento democráticos. Después, ¿qué más da el gobierno que sale de las urnas? Las fuerzas económicas y los diferentes grupos de presión tuvieron buen cuidado de que el proyecto de la moneda única se diseñase manteniendo las decisiones de la política monetaria -y con ella toda la política económica- al margen de las presiones populares democráticas.

 

Entre los tópicos manejados por el selecto coro de tertulianos y comentaristas aparece el canto laudatorio a Draghi y al BCE, ya que han sido, según dicen, los que han impedido el derrumbamiento de la Eurozona cuando los mercados apostaban contra el euro y situaban la prima de riesgo de varios países a niveles imposibles de mantener. Lo cierto es que solo el BCE pudo hacerlo, puesto que solo él cuenta con los medios y los instrumentos para imponerse y contener a los mercados, teniendo en cuenta que los Estados nacionales se han despojado de estas competencias para entregárselas a la institución europea. Las actuaciones llevadas a cabo por Draghi no tienen nada de extraordinario. Lo único que hay de extraordinario es que hayan sido tan tibias y todas se hayan acometido con retraso; pero, sobre todo, el que para ejercer lo que son sus funciones características imponga condiciones a los países y obligue a los gobiernos a aplicar una política antisocial y conservadora.

 

No deja de resultar paradójico que la institución que goza de un estatuto en extremo riguroso, prohibiendo toda injerencia política en su funcionamiento y en sus decisiones, se haya convertido en el organismo con más contenido político de la Eurozona, al imponer a los gobiernos las medidas y la política económica que tienen que seguir. Así ocurrió cuando intervino en los mercados a favor de la deuda italiana y española. Jean-Claude Trichet, entonces presidente del BCE, en sendas cartas a los gobiernos de ambos países impuso como condición para su intervención el establecimiento de una serie de medidas, todas del mismo signo ideológico, tales como la reforma de las relaciones laborales, retrocediendo de esta manera hacia un mercado de trabajo ultraliberal al estilo del siglo XIX.

 

En los momentos presentes, la actuación del BCE respecto a Grecia está desmintiendo una vez más su teórica asepsia al arrogarse un rol netamente político intentando obligar al nuevo Gobierno a que desista de sus proyectos y promesas electorales y que asuma la política y los compromisos de sus antecesores. Para ello utiliza como rehenes a los bancos griegos y suspende la posibilidad de que estos acudan a su línea de financiación barata a través del descuento de bonos soberanos. Colabora así al chantaje para que se ignore la voluntad de la sociedad griega, pero descubre al mismo tiempo la falacia que se esconde tras la llamada unión bancaria, porque si esta fuese real todos los bancos serían europeos y su cuidado, solvencia y correcto funcionamiento sería responsabilidad del BCE, con lo que no se entendería que fuese precisamente esta institución la que pusiese en peligro la viabilidad de un grupo de ellos. En esto, como en casi todas las facetas de la UE, rige el principio de asimetría, ya que mientras la competencia de supervisión se atribuye al BCE las consecuencias de una posible quiebra han de asumirlas los Estados nacionales.

 

Resulta evidente que el punto más débil en la estrategia del nuevo Gobierno griego se encuentra en sus bancos y no en su deuda pública, como de forma un tanto simplona nos quiere hacer ver tanto comentarista. Son muchos los que confunden los deseos con la realidad y, con cierto dramatismo que en el fondo tiene mucho de bufonada, predicen que si se le cierra el grifo de rescate a Grecia, el gobierno de Syriza se encontraría contra las cuerdas y en pocos días se vería imposibilitado de pagar las pensiones o los sueldos de los funcionarios. Se olvidan de que en este momento Grecia presenta superávit en su saldo presupuestario primario, es decir, que prescindiendo del servicio de la deuda, los ingresos en las cuentas públicas son superiores a los gastos. En las actuales circunstancias, Grecia puede hacer frente ya con sus ingresos normales a todos sus gastos internos.

 

Después de que los bancos alemanes se hayan librado de la deuda pública griega, el 80% de ella está en manos del FMI y de las instituciones europeas, de manera que de los fondos de rescate que Grecia recibe no queda nada en el interior del país, sino que retorna a su origen en forma de pago de intereses y amortizaciones. La suspensión de los pagos del rescate no tendría unas consecuencias tan funestas para el país heleno como algunos piensan, tan solo obligaría a paralizar a su vez los reembolsos a los acreedores.

 

Cosa bien distinta es lo que hace referencia a las entidades financieras. El traspaso de las competencias de los bancos centrales nacionales al BCE deja a las entidades financieras sin otro prestamista de última instancia que esta institución. Es de sobra conocido que un sistema financiero no puede sobrevivir sin un banco central que le respalde, de manera que todo queda al albur de Frankfurt. ¿Cuál será su comportamiento? Si atendemos a su historia, poco bueno se puede esperar. De hecho, incluso bordeando la ilegalidad ha pretendido dar el primer aviso al Gobierno de Syriza.

 

Es cierto que la medida tomada el otro día por el BCE, a pesar de su aparente dramatismo, tiene más de simbólica que de real. Primero porque la cuantía de deuda soberana griega en manos de los bancos de esta nacionalidad es ya muy reducida, y en segundo lugar porque el BCE ha mantenido, incluso incrementado, la ayuda de urgencia en caso de falta de liquidez (ELA, por sus siglas en inglés) que, si bien a un tipo de interés mayor, garantiza que los bancos no van a verse sin fondos.

 

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el BCE? O, mejor dicho, ¿hasta dónde está dispuesta a llegar Alemania? ¿Es creíble que desde Europa se haga quebrar a propósito el sistema financiero de un país miembro? ¿Y qué repercusiones tendría en otras economías? ¿Hasta cuándo podrá aguantar el Gobierno de Tsipras? Todavía cuenta con algunos recursos, entre ellos, suspender la libre circulación de capitales en el caso de que la evasión de capitales sea cuantiosa. En ese choque de trenes que se avecina, tanto Merkel como Draghi harían bien en tener en cuenta que el famoso corralito con el que siempre se pretende asustar al díscolo tiene muy poca relevancia para los votantes de Syriza. Casi ninguno de ellos tendrá capitales para evadir o depósitos bancarios en cantidades significativas. Eso es lo que ocurre cuando se machaca a un pueblo, que los sans culottes llegan a ser mayoría.