12-12-2014

El milagro de los panes y los peces

 

La política, también la europea, está llena de acrobacias y malabarismos. El señor Juncker quiere hacerse perdonar su pasado, pasado al frente del Eurogrupo cuando era el paladín de la austeridad y el látigo de las poblaciones del Sur; pasado cuando era primer ministro de Luxemburgo y convertía a su país en un paraíso fiscal. Con esta finalidad se ha sacado de la manga un plan de inversiones, bueno más bien un planín, porque si se desbroza y se le quita la hojarasca no queda prácticamente nada.

 

Tantos años de fracasos de la política de austeridad han originado que en Europa surjan cada vez más voces reclamando una política expansiva. Pero las resistencias son aún muy fuertes y los apóstoles de los recortes y los ajustes no están dispuestos a moverse, todo lo más a cambiar algo para que nada cambie. Y aquí se inserta el plan de inversiones que plantea Juncker. En teoría, su importe va a ser de 315.000 millones de euros repartidos en tres años. No parece que sea una cantidad demasiado grande para sacar a la Eurozona de la crisis, pero es que, además, todo es humo porque el único dinero que en realidad la UE piensa aportar a este proyecto es 21.000 millones de euros, de los cuales solo 2.000 constituyen dinero nuevo, el resto hasta los 21.000 sale de otras aplicaciones, bien del Banco Europeo de Inversiones o bien del presupuesto comunitario, y hasta los 315.000 se espera que provengan de la iniciativa privada.

 

Cuando las circunstancias o el clamor popular obligan a los neoliberales a utilizar políticas keynesianas, se ponen a marear la perdiz, a dar vueltas y vueltas para llegar al mismo punto de partida. Lo cifran todo en la ingeniería financiera, y más que ingeniería financiera es pretender movilizar 315.000 millones poniendo sobre la mesa tan solo 2.000. Los recursos que se detraen de otras aplicaciones, bien sean públicos o privados, poco efecto expansivo van a generar, porque lo lógico es que se compensen unos con otros.

 

El plan Juncker se ha diseñado con un gran optimismo. Un apalancamiento de 1 a 15 es a todas luces excesivo. Es verdad que en estos momentos el mercado tiene suficiente liquidez y los tipos de interés están muy bajos, pero la iniciativa privada solo se orientará hacia los proyectos de alta rentabilidad y siempre que la UE garantice enjugar las posibles pérdidas. Todas las asociaciones público-privadas terminan siendo un chollo para la iniciativa privada y un mal negocio para el sector público. Buen ejemplo de ello lo constituye el caso de las autopistas españolas en pérdidas que, siendo un proyecto fallido, va a gravitar sobre la Hacienda española. El Fondo Europeo para la Inversión Estratégica (así se va a denominar la materialización del plan de Juncker) no resultará una excepción.

 

Por otra parte, al depender de la iniciativa privada, nadie garantiza que se escojan aquellos proyectos más útiles para crear empleo o para reactivar la economía. Tampoco se tendrá en cuenta cuáles son los países que más lo necesitan. El único factor que se considerará será qué proyectos podrán proporcionar más ganancias a las empresas privadas.

 

En las condiciones actuales en las que la Eurozona se encuentra al borde de la recesión y casi en tasas negativas de inflación, no existe motivo, excepto los prejuicios neoliberales contra lo público, para que este proyecto u otro parecido no fuese financiado en su totalidad con recursos públicos provenientes del BCE. Los sistemas podrían ser varios, desde la emisión de eurobonos que recogiese la liquidez del mercado y la transformase en inversión -ya que el caballo no quiere ir al abrevadero…-, hasta bonos MEDE que en caso necesario serían comprados por el BCE en el mercado, dado que aún existe el tabú de que el instituto emisor pueda adquirir directamente deuda pública nacional.

 

Este procedimiento tendría la ventaja de haber desterrado la incertidumbre de saber si la iniciativa privada va o no va a responder; sería mucho más claro y transparente y se fundamentaría en una mayor equidad, puesto que si bien el sector público asumiría el riesgo, también los posibles beneficios.

 

No parece que se pueda esperar mucho de este plan de inversiones. Quizá esa sea la razón por la que Merkel ha dado su consentimiento. Todo indica que está dirigido a la galería y a silenciar las voces críticas que por todas partes se han extendido contra la política que Europa ha venido aplicando hasta la fecha, pero se está lejos de aceptar un cambio de rumbo en profundidad. La prueba es que siempre se termina con la coletilla de que los Estados nacionales tienen que continuar aplicando reformas -y ya se sabe de qué reformas se trata-, en tanto que Alemania (único país que verdaderamente puede) continúa sin aplicar una política expansiva. Se esperan los milagros, la multiplicación de los panes y los peces, pero en el bien entendido de que estos nunca acaecerán.