12-06-2015

La eterna monserga del FMI

 

La misión del FMI acaba de concluir su visita anual a España, al término de la cual ha adelantado sus conclusiones previas al informe que elaborará más tarde. Piensan tan doctos señores que España va bien y por la buena senda. También lo pensaban en plena burbuja inmobiliaria y financiera, mientras se incubaba la mayor catástrofe económica de nuestro país. Incluso incrementan las previsiones en la tasa de crecimiento del PIB, lo que se podría interpretar como un respaldo al actual Gobierno. Bien es verdad que España es una entelequia y lo que cuenta son los españoles, y parece que son muchos a los que les va francamente mal y por eso han votado lo que han votado en las pasadas elecciones. Claro que no desesperen, que aún les puede ir peor si el Gobierno (no creo que les dé ya tiempo) hiciese caso a las recomendaciones del Fondo.

 

Creo que fue Friedman el que relataba que para elaborar un trabajo tuvo que ojear y leer las memorias de varios años del Banco de la Reserva Federal, constatando que cambiando los datos siempre decían lo mismo y hacían las mismas recomendaciones. La afirmación sería aplicable a los informes del FMI. Las recomendaciones que ha hecho en esta ocasión no diferirán demasiado de las que hizo cuando la tasa de crecimiento era negativa. Siempre la misma monserga, que tiene mucho más de ideología que de ciencia económica.

 

Como siempre, reforma del mercado laboral. Ahora toca basarse en la dualidad de contratos, temporales e indefinidos, cuando esa precariedad fue creada por gobiernos anteriores siguiendo los consejos y la ideología que emanaba del Fondo o de otras instituciones de pensamiento parecido, como el Banco de España. Entonces se decía que había que flexibilizar el mercado, que era mejor un contrato precario que ninguno. Ahora plantean el contrato único con indemnización por despido en función de la antigüedad. En principio no habría mucho que objetar, la indemnización en los contratos siempre han funcionado de ese modo pero, a medida que se profundiza en el discurso, se comprueba que el nuevo contrato se crearía con una indemnización mucho más baja que la actual de los contratos indefinidos. Es decir, en el fondo, con las facilidades que existen hoy para despedir, y con una indemnización mínima, todos se convertirían en contratos temporales.

 

Hay dos formas de eliminar la dualidad del mercado laboral: la primera es convirtiendo los contratos fijos en temporales aun cuando continúen llamándose fijos, que es la que recomienda el FMI, quizá de forma no muy original, sino contagiado por la ideología que se emite desde FEDEA. Y la segunda que consiste en convertir los temporales en fijos, lo que no tendría demasiada dificultad, bastaría con eliminar legalmente los primeros, excepto aquellos tipos de contratos que por su naturaleza tengan que ser por fuerza temporales. Solución más sencilla no hay, pero de eso no quiere hablar nadie.

 

Piden -¡cómo no!- que los salarios continúen bajando (me gustaría saber hasta dónde) y para ello proponen que los convenios de empresa puedan descolgarse de los sectoriales, conscientes de que a este nivel micro la fuerza sindical es menor. De lo que no hablan es que gran parte de la bajada de los salarios no se ha transmitido a precios sino a excedente empresarial, con lo que la cacareada teoría de la competitividad falla, al menos en parte. Pero es que, además, basar la competitividad en el abaratamiento de los costes laborales, lo mismo que en la reducción impositiva, es una carrera sin fin, porque es de suponer que los países vecinos hagan lo mismo, y así hasta el infinito o más bien hasta cero. Lo cierto es que se ha incrementado la desigualdad y esta, al margen de otras consideraciones, tiene un efecto negativo sobre el crecimiento. En la actualidad lo afirma hasta la OCDE.

 

Los doctores del FMI continúan con la necesidad de consolidación fiscal y en ello podríamos estar de acuerdo, puesto que el stock de deuda pública ha llegado a un nivel alarmante; pero el acuerdo se desvanece tan pronto como se contemplan las recomendaciones concretas que defienden para reducir el déficit, elevación de los tipos reducidos del IVA y de los impuestos especiales, e intensificación del copago en sanidad y educación. Como se puede apreciar, todo muy original y muy progresivo.

 

Por supuesto, nada de criticar la última reforma fiscal del Gobierno, que va a costar 9.169 millones de euros, casi un punto del PIB, y con una orientación claramente regresiva. Bien es verdad que son estas las reformas que le gustan al FMI. La rebaja impositiva a las rentas altas va a ser sustancial, y tanto mayor cuanto más altas sean, un 8% a partir de una base imponible de 120.000 euros (4 puntos); de 6 puntos a partir de 175.000 euros y de 8 a partir de 300.000 (13,5%). El Gobierno se permite gratificar con aproximadamente 75.000 euros anuales a aquellos que ingresan un millón de euros al año.

 

Pero los emisarios del FMI cierran los ojos a todos esos regalos impositivos y, sin embargo, exigen la elevación de los tipos de IVA, principalmente los reducidos, que suelen afectar a los bienes de primera necesidad, y también que aumente la proporción de la educación y de la sanidad que se financia mediante precio.

 

La perspicacia de los hombres de negro no es precisamente muy elevada, señalan que el esfuerzo de “desapalancamiento” (reducción del nivel de deuda) del sector privado, hogares y empresas se ha frenado. Y ¿en base a qué, creen, que está creciendo ahora la economía? Ese es precisamente el gran problema económico de España, su ingente endeudamiento, tanto público como privado. Si queremos reducirlo, condenamos a la economía a la recesión, y si se quiere crecer será casi imposible reducir el apalancamiento, lo más probable es que se incremente, lo que crea una enorme incertidumbre de futuro, dado su nivel actual.

 

Pero, desde luego, donde se manifiesta la gran perspicacia de los encorbatados de Washington es en esa afirmación de que los bancos son solventes y necesitan más rentabilidad pero que, entre tanto, hay que pedirles aún más capital. Parece que no se han enterado de que en la actualidad una parte muy importante de su patrimonio está compuesto por activos financieros diferidos, es decir, créditos de impuestos que, si bien están avalados por el Estado, hipotecan sus futuras ganancias hasta no se sabe cuándo.