10-7-2015

Alemania europea o Europa alemana

 

Una foto recorrió hace días las mesas de redacción de los diarios. El monarca saliente y cuatro presidentes de gobierno, uno en activo y tres jubilados (aun cuando ellos no se resignan y continúan pensando que constituyen piezas fundamentales de la política española y de los negocios extranjeros), se juntaron en Casa Lucio para cenar. La reunión parece que fue propiciada por Rajoy, con el pretexto de la onomástica del monarca o la celebración de los treinta años de nuestra entrada en el Mercado Común (aunque, en realidad, no hay mucho que celebrar).

 

Tras esta fachada se escondía el verdadero motivo: el miedo. El miedo de una oligarquía a la que se le tambalea el mundo que hasta ahora había dominado y controlado. Es el mismo desconcierto que recorre en estos momentos la Unión Europea tras el referéndum de Grecia, conciencia de que de nada han servido las fuertes presiones y coacciones dirigidas contra la población helena desde todos los centros de poder. Y, sobre todo, la creencia de que el fenómeno puede repetirse antes o después en otros muchos países. Ante la desesperación, de poco valen las amenazas.

 

Las oligarquías europeas, al margen de los pueblos y sin consultarles en absoluto, han constituido la Unión Monetaria, verdadera ratonera en la que se diluye la democracia y desaparecen los derechos sociales y laborales. A pesar del envoltorio engañoso con el que se presenta, las sociedades van tomando conciencia de la trampa y del discurso falaz con que se tramite. Se les está comenzando a caer la careta.

 

Por más que todos los cañones mediáticos al servicio de las oligarquías intentan culpar a Tsipras y a su Gobierno de las condiciones calamitosas en que se desenvuelve Grecia, lo cierto es que resulta difícil ocultar que la culpa es de los que han creado la Unión Monetaria, de los que introdujeron en ella al país heleno, de los que les han impuesto una política suicida, y también de los gobernantes griegos que no han sabido defender los intereses de su pueblo.

 

Concretamente en nuestro país, el bipartidismo, que junto con los nacionalistas ha contribuido a mantener la farsa, se derrumba y eso es lo que da miedo a sus máximos exponentes, las cabezas visibles del tinglado, los que han venido turnándose en un juego parecido al de la Restauración, los que reunidos en casa Lucio se han preguntado cómo mantener el chiringuito.

 

Rajoy ha hecho bien en reunirles a todos, porque todos son culpables. Felipe González firmó Maastricht y dio su aquiescencia a la Unión Monetaria. De aquellos polvos vinieron estos lodos, y fue el injusto diseño del Tratado el que ha permitido que la desigualdad, la miseria, se asienten en Europa, y que países antes libres sean ahora esclavos de instituciones tales como el FMI. Gran parte de su etapa de gobierno estuvo marcada por la ruta hacia la unión monetaria, aplicando ya mediante los criterios de convergencia una política de austeridad, anticipo de la que sería norma en la Eurozona, solo que ahora sin escapatoria posible. Resulta irónico que pretenda dar en la actualidad lecciones de europeísmo, cuando él fue artífice destacado de esa jaula de la que resulta imposible la salida.

 

Aznar nos metió en la Unión Monetaria y se enorgulleció de ello atribuyendo tal hecho a su pericia, cuando en realidad se debió a la decisión adoptada por todas las oligarquías europeas de conseguir por cualquier medio la constitución de la moneda única, aun cuando para ello debieron flexibilizar todos los criterios de convergencia, cerrando los ojos a la enorme diversidad de las economías de los países miembros, lo que sería causa de las contradicciones posteriores. Dentro ya del euro, cayó en el espejismo de un crecimiento económico financiado con endeudamiento, endeudamiento que se ha convertido en una losa para la economía española. La burbuja financiera y la crisis de las entidades financieras se generaron en aquellos años, con la aquiescencia del Gobierno.

 

Zapatero, por su parte, participó durante sus cuatro primeros años de gobierno del mismo espejismo y permitió que el endeudamiento exterior continuase incrementándose, que la burbuja inmobiliaria aumentase y que las entidades financieras persistiesen en sus inversiones ruinosas. Al explotar la burbuja inmobiliaria y al surgir el miedo de los acreedores internacionales, especialmente frente a las deudas de Grecia, fue incapaz de defender los intereses nacionales en el Eurogrupo, y salió de la famosa cumbre de mayo de 2010 como el gran perdedor. Llegó hasta el extremo de modificar la Constitución para introducir la limitación del déficit y dar prioridad al pago de la deuda sobre cualquier otra obligación presupuestaria.

 

Rajoy recogió el relevo de Zapatero en la tarea de ser dócil instrumento de la política de Merkel y de los halcones del Fondo, de Frankfurt y de Bruselas; y entre ambos consiguieron colocar el desempleo en cifras inimaginables y deteriorar los derechos sociales y laborales, alcanzando el dudoso honor de hacer de España el país con el mayor grado de desigualdad de la OCDE. Ahora, Rajoy pretende borrar con un momentáneo y moderado crecimiento económico la pobreza y el daño causados a gran parte de la sociedad española durante los años anteriores. Le es perfectamente aplicable la aseveración de Krugman de que “pretenden manipular una modesta mejora económica y convertirla en un éxito, incluso después de años de horror”.

 

La actitud del Gobierno de Syriza y el resultado del referéndum griego coloca en una situación sumamente incómoda a los cinco jinetes españoles (al igual que al resto de mandatarios europeos, especialmente a los del Sur) y deja al descubierto sus vergüenzas, y su servilismo frente a la política de Merkel. El alemán Schulz, arrogándose una representación que no tiene, ha declarado que si bien el pueblo griego se ha manifestado en un sentido, hay otras dieciocho naciones que opinan en dirección contraria. Debería haber dicho más bien que dieciocho gobiernos, porque a los pueblos no se les ha dejado opinar y desde luego, de hacerlo, una gran parte de la población europea estaría más cerca de Tsipras que de Merkel.

 

En realidad, temen el contagio y por eso los medios de comunicación afines se empeñan en señalar los males que a los griegos les ha traído el Gobierno de Xyriza. Pero no ha sido Tsipras el que ha hecho que la renta nacional descienda un 27% o que el gasto de las familias se haya reducido un 33% o que el paro se haya elevado al 27% de la población activa. Lo único que pueden aducir es que había previsiones de crecimiento y que no se han cumplido, pero cuántas otras veces los genios del Fondo o de la UE han equivocado las previsiones. Tampoco el corralito es obra de Xyriza, sino del BCE que ha renunciado a una de las funciones esenciales de los bancos centrales, ser prestamista en última instancia de las entidades financieras, y que, con la finalidad de arrodillar al gobierno y de pasada al pueblo griego, ha cortado la liquidez a los bancos helenos. ¿Qué banco español, italiano, francés o incluso alemán, aguantaría sin la cobertura de un banco central?

 

En circunstancias excepcionales, cuando estaba en peligro su independencia, los pueblos se han visto obligados a entrar en guerra, aun cuando esta comportase sangre, sudor y lágrimas. Hoy, en Europa, no hay armas, pero la política monetaria puede ser un instrumento de dominación más eficaz que aguerridos ejércitos. A Mayer Amschel Rothschild se le atribuye la frase “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no me preocupará quién escriba las leyes”. Los pueblos de Europa, especialmente los del Sur, es muy posible que antes o después tengan que enfrentarse a la difícil decisión de salirse del euro pagando un alto precio para recuperar la libertad e independencia, y escaparse de la bota alemana. Una vez más, Alemania renuncia a ser europea y una vez más pretende que toda Europa sea alemana.