09-10-2015

Ortega, Azaña, el PSOE y el problema catalán

 

No sé si constituye enfermedad o maldición ese proceder que caracteriza a las formaciones políticas españolas, principalmente a las que se autocalifican de izquierdas, de oponerse radicalmente y por principio, sea cual sea el tema de que se trate, a las posturas adoptadas por los partidos rivales. Concretamente en la izquierda hay como un cierto pudor en poder coincidir en algo con el Partido Popular, actitud que conduce a mantener situaciones paradójicas y erróneas.

 

Basta con que la derecha se haya arrogado la defensa del Estado frente a los independentistas para que la postura del PSOE sea tibia e intente situarse en la “equidistancia”. No hay una sola vez que refuten al nacionalismo que no se crean en la obligación de criticar al mismo tiempo lo que consideran inmovilismo del Gobierno, adjudicándole, en consecuencia, parte de culpa en el conflicto. Le acusan de negarse a dialogar, cuando lo cierto es que resulta difícil negociar con los que están dispuestos a saltarse la Constitución y de lo único que quieren hablar es de independencia.

 

Lo grave es que esta postura del PSOE se ha extendido a sus ámbitos de influencia, que aún son muchos, trasladándose incluso a parte de la prensa extranjera, proporcionando así un cierto oxígeno al independentismo. Se dice que, a pesar del fracaso cosechado por el nacionalismo en las pasadas elecciones, el hecho de que obtuviese cerca de dos millones de votos representa un problema, lo cual es cierto. Un problema que debe solucionarse, lo cual ya no es tan claro, porque hay problemas que no tienen solución y que al intentar solucionarlos se crean otros problemas más graves.

 

Es conocido que Ortega y Gasset en su memorable intervención en las Cortes Españolas a propósito de la aprobación del primer Estatuto, allá por la Segunda República, calificó el problema catalán, tal como también certifica la historia, de uno de esos problemas que no pueden resolverse, sino que tan solo se pueden conllevar.

El filósofo español, sin embargo, se apresuró a puntualizar que el llamado problema catalán no es de toda Cataluña, sino tan solo del nacionalismo particularista.

 

“Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España”…

 

… es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, no aceptan la política nacionalista, ni siquiera el Estatuto, que acaso han votado. Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son un sentimiento, pero siempre hay alguien que se encarga de traducir ese sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, a un grupo exaltado, les parecen mejores. Los demás coinciden con ellos, por lo menos parcialmente, en el sentimiento, pero no coinciden en las fórmulas políticas; lo que pasa es que no se atreven a decirlo, que no osan manifestar su discrepancia, porque no hay nada más fácil, faltando, claro está a la veracidad, que esos exacerbados les tachen entonces de anticatalanes”.

 

Es este problema del nacionalismo particularista el que, según Ortega, no tiene solución (problema perpetuo lo denominaba Unamuno) y con el que hay que convivir.

 

“y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles”.

 

Y tal vez habría que añadir que unos catalanes se conlleven con los otros catalanes. Y pasa Ortega a continuación a señalar en qué consiste esa convivencia y las líneas divisorias que no se pueden traspasar, siendo la principal el concepto de soberanía, que es el poder último, indivisible y que pertenece a la totalidad del pueblo español. Planteada la cuestión en estos términos, no hay, según Ortega, entendimiento posible.

 

“Por eso es absolutamente necesario que quede deslindado de este proyecto de Estatuto todo cuanto signifique, cuanto pueda parecer amenaza de la soberanía unida, o que deje infectada su raíz. Por este camino iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional…

 

… No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Presentadlo, planteadlo en términos de autonomía». Y conste que autonomía significa, en la terminología juridicopolítica, la cesión de poderes; en principio no importa cuáles ni cuántos, con tal que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene. Esto es autonomía”.

 

Sería sumamente interesante que Pedro Sánchez y en general todos aquellos que piensan ingenuamente que el problema del nacionalismo catalán tiene solución leyesen el discurso completo de Ortega y Gasset, que apenas tiene desperdicio. A pesar de estar pronunciado hace más de ochenta años, parece que se refiere a los momentos presentes. Incluso sería bueno que leyesen también el discurso de contestación de Azaña.

 

Azaña era un catalanista convencido y el artífice y máximo valedor del Estatuto catalán, hasta el punto de que cuando, después de su aprobación, visitó Cataluña fue recibido en loor de multitudes, e incluso más tarde Esquerra Republicana le ofreció incorporarlo a sus listas al Congreso. Pero en la defensa del Estatuto en las Cortes no dudó un momento de que había que limarlo y renunciar a todo aquello que se oponía a la Constitución Española recién promulgada. Nótese que, a pesar de que el Estatuto había sido elaborado y votado ya en plebiscito por todos los catalanes, existió un amplio acuerdo acerca de que resultaba necesario corregir todas aquellas expresiones que podían entrar en conflicto con la letra y con el espíritu de la Constitución.

 

Azaña, a diferencia de Ortega, estaba convencido de que el Estatuto iba a solucionar de raíz el problema catalán que se arrastraba desde el siglo XIX. Es por eso por lo que su decepción fue grande, años más tarde, al comprobar lo equivocado que estaba; primero cuando Companys, aprovechando la revolución de Asturias, proclamó unilateralmente el Estado catalán, y más tarde por el comportamiento de la Generalitat en plena guerra civil, lo que le llevó a escribir en 1937, en su obra “La velada en Benicarló” palabras durísimas contra el nacionalismo catalán:

 

“un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía a mano (…) en el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en algunos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición (…) Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en exaltar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho”.

 

En la Transición fueron muchos los que pensaron que la democracia podía solucionar el perpetuo problema de Cataluña elaborando una Constitución mucho más generosa con los nacionalismos que la del 31, y aprobando después un Estatuto que con el tiempo concedería a los catalanes el mayor grado de autonomía que jamás habían poseído. Una vez más, sin embargo, se ha demostrado que el nacionalismo es insaciable y que con total deslealtad aprovecha de nuevo la debilidad del Estado, en plena crisis económica, para asaltarlo. Por eso resulta tan irresponsable el comportamiento adoptado por los gobiernos de Zapatero y la actitud que ahora mantienen Pedro Sánchez y el PSOE con su cantinela del federalismo y de la reforma de la Constitución, abriendo un melón de dudosas consecuencias en el peor momento posible.