06-12-2013

EL QUE FALTABA

 

Desde estas mismas páginas hace dos semanas, en un artículo titulado “Dos pavos reales”, me refería yo a la presentación de sendos libros por Felipe González y José María Aznar, y a cómo ambos se pavoneaban dese el Olimpo de los dioses de los muchos éxitos que habían conseguido como mandatarios. Rodríguez Zapatero presentaba hasta la fecha dos puntos a su favor: no haberse incorporado a ningún consejo de administración de alguna de las multinacionales o de las grandes empresas del Ibex y haber mantenido un pudoroso silencio. Pues bien, parece ser que ha tenido envidia de sus antecesores y ha decidido salir a la palestra a dar su do de pecho. Nunca lo debería haber hecho porque con su libro demuestra que no es que no se enterase de nada en su tiempo de presidente de gobierno, sino que muchos meses después continúa sin enterarse.

 

No pertenezco yo al grupo de los que piensan que Zapatero es el culpable de todo. Otros muchos son también responsables, pero de ahí a creernos las milongas que nos cuenta va mucha diferencia. Zapatero fue presidente por accidente. Consiguió la secretaria general del PSOE contra todo pronóstico, tan solo porque algunos, especialmente guerristas y catalanes, querían evitar a toda costa el triunfo de Bono; y contra todo pronóstico ganó las elecciones de 2004, el ataque terrorista y la torpe reacción del Gobierno del PP, movilizaron a una enorme cantidad de votantes de izquierdas, que se habían instalado largo tiempo atrás en la abstención y le dieron improvisadamente la victoria.

 

Rodríguez Zapatero se encontró en la Moncloa, sin que el mismo se lo terminase de creer, y a partir de ese momento comenzaron las ocurrencias, las frivolidades y su convicción de que conseguiría todo lo que se propusiese con tanta facilidad como había logrado encumbrarse a la cúspide de la política. Su libro constituye una reivindicación de su segunda legislatura, especialmente de lo que llama los “600 días de vértigo”. Piensa que de lo demás no necesita justificación. Cuando en realidad sus errores comenzaron mucho antes, desde el mismo instante en que fue nombrado presidente. Lo de menos es que por motivos electorales negase la crisis cuando esta ya estaba encima, lo peor es que en 2004 no supiese ver que la economía estaba artificialmente inflada y que la política que había practicado el PP nos conducía al desastre actual.

 

El 23 de abril de 2004, al poco de haber ganado las elecciones Zapatero, escribí un artículo en el diario El Mundo titulado “La encrucijada económica del nuevo Gobierno” (puede leerse en mi página web), en el que señalaba las debilidades del modelo de crecimiento que hasta entonces se venía siguiendo y que junto al corsé que representaba la Unión Monetaria debería producir en algún momento la debacle. Avisaba al nuevo Ejecutivo de que su falta de crítica hacia la política de los gobiernos del PP y su complacencia con la herencia recibida podría dejarles indefensos ante la catástrofe económica que se avecinaba, atribuyéndoles a ellos toda la responsabilidad, como en realidad así ocurrió finalmente.

 

El Gobierno Zapatero no solo no cuestionó la época anterior, sino que hasta el inicio de la crisis mantuvo la misma política y la misma actitud triunfalista de los gobiernos precedentes, sin querer ver que todos los presuntos logros económicos eran a crédito y que la enorme pelota de endeudamiento producida arrastraría a la economía a la bancarrota. Es más, aun en la actualidad, en la misma presentación de su libro, Zapatero continúa jactándose de lo bien que iba la economía en aquellos años. Es decir, no ha entendido nada.

 

Ciertamente, era difícil que las cosas pudieran haber ido de otra manera teniendo en cuenta la designación de Pedro Solbes como vicepresidente económico. Digo designación porque la impericia, bisoñez y ligereza de Zapatero era tal que hasta consintió en que le nombrasen al vicepresidente económico. Ahora que a todo el mundo le da por hacer confidencias no está mal que se descubra algo que apenas se ha dicho, que en la misma tarde de aquel domingo de marzo de 2004, cuando aun no se conocían con certeza los resultados electorales, el presidente del Banco Santander llamó preocupado a Peces Barba para asegurarle que el PSOE había ganado las elecciones y que Pedro Solbes tenía que ser el ministro de Economía. Los banqueros no pierden ripio y de algo sirven las fundaciones y el inmenso poder de estas en las universidades, especialmente en la Carlos III de la que Peces Barba era rector. Por otra parte, no es ningún secreto el ascendiente que Peces Barba tuvo casi hasta el final con Rodríguez Zapatero como lo demuestra el hecho de que vetase a Almunia y sugiriese el nombre de Marín para la presidencia del Congreso.

 

Pedro Solbes no podía hacer una política distinta de la que había hecho en el 93 con Felipe González y sustancialmente idéntica a la de los gobiernos del PP -a los que debía el nombramiento de Comisario en la Unión Europea-, política liberal y conservadora, con el agravante de que ahora la moneda única permitía al capital alegrías que habrían de ser fatídicas a largo plazo. De los asesores áulicos del presidente en materia económica tampoco se podía esperar una política medianamente progresista. El primero defendiendo el tipo único en el impuesto sobre la renta y el segundo emigrando al SEOPAN y gritando ahora en las reuniones de empresarios que el impuesto de patrimonio es una vergüenza.

 

Existe el mantra, que el mismo Zapatero proclama en la actualidad como verdad incuestionable, de los muchos avances que en materia social realizó en su primera etapa. Nada más alejado de la realidad, dejando aparte algunas medidas claramente electoralistas y sin ninguna profundidad, lo cierto es que su política presupuestaria y fiscal se orientó en clave netamente neoliberal. Con unas finanzas públicas desahogadas se prefirió bajar impuestos a los empresarios y a las clases altas antes que apuntalar las coordenadas básicas del sistema de protección social, a pesar de que este tipo de gastos en nuestro país se encontraba seis puntos por debajo de la media de la UE. No se abordó desde luego la reforma que hubiera sido necesaria del sistema fiscal después de los desmanes cometidos en esta materia por el PP. Todo lo contrario, se suprimió el impuesto de patrimonio, se redujeron los tipos marginales del IRPF, las rentas de capital continuaron fuera de la tarifa general y el impuesto de sociedades se vació de contenido, no solo porque se redujo el tipo, sino por las distintas deducciones y exenciones de las que se le dotó. He oído en la radio que Zapatero se lamenta ahora, y con razón, de que sea posible que en un país como España, con la renta per cápita que posee, existan tales agujeros de pobreza. Tiene razón, pero en su mano estuvo modificar el sistema para que esto no llegara a ocurrir.

 

En cuanto a su segunda etapa, esa que pretende justificar en el libro, más vale echar sobre ella un tupido velo. Difícilmente se puede dar lugar a un cúmulo mayor de desatinos. Comenzó por creerse lo de las dos tardes de aprendizaje con Jordi Sevilla y juzgó que ya sabía suficiente economía como para prescindir de vicepresidente económico, y llevar la cartera él mismo, así que se buscó para el cargo a alguien lo suficientemente ambicioso (o ambiciosa) para que sin tener idea alguna de la materia aceptase el reto, y estuviese dispuesta a decir a todo sí señor. Pero incluso más grave que el total desconocimiento de la economía fue la impericia, y puerilidad mostradas por presidente y vicepresidenta en las negociaciones con Bruselas y con el resto de socios comunitarios, cuyo máximo exponente lo constituyó aquella noche fatídica de mayo de 2010 cuando lo que se dilucidaba era el rescate a Grecia y en la que España sin razón aparente –la prima de riesgo estaba al 150%, muy inferior incluso a la que existe en este momento- salió como perdedora absoluta, obligada a someterse a fuertes ajustes, como si hubiera sido rescatada.

 

Zapatero, y en eso se parece a Rajoy, insiste una y otra vez en que su prioridad era que España no fuese rescatada, pero lo significativo no es el rescate sino la intervención y, se quiera o no, España lleva intervenida desde mayo de 2010. ¿Qué más intervención se quiere que haber plasmado en la Constitución la política suicida de la austeridad de Merkel? ¿Qué mayor intervención se puede pedir que consagrar en nuestra Carta Magna el derecho de prelación de los deudores extranjeros frente a pensionistas, trabajadores y parados? Los españoles se pueden morir de hambre pero los banqueros alemanes continuarán cobrando. Por otra parte, habría que recordar a Zapatero, al igual que a Rajoy, que Europa obligaba y obliga a los recortes pero no en qué partidas hacerlos, ni si se efectúan por disminución de los gastos o por incremento de los ingresos. Tanto uno como otro han optado por las medidas más regresivas.

 

Lo peor de los gobiernos de Zapatero no es que negasen la crisis cuando estaba ya encima, sino que mucho tiempo después todavía ponían a nuestros bancos como ejemplo de buen hacer (bien es verdad que en esto no estaban solos), y nos aseguraban que no iba a costarnos ni un céntimo a los españoles. Lo cierto es que la cosa va ya por cien millones (cien millones, si incluimos al Sareb, y no cuarenta como nos dicen) y veremos cuántos de ellos se recobran.

 

Estos días Rodríguez Zapatero ha manifestado que no le importaría retornar a la presidencia del Gobierno. Si es así, lo mejor que puede hacer es estarse callado durante una larga, muy larga, temporada, hacer una profunda autocritica y estudiar, estudiar mucho, a lo mejor así dentro de cuarenta años logra ser un buen presidente de gobierno.