06-06-2014

La socialdemocracia y las elecciones europeas

 

Las elecciones del pasado 25 de mayo han representado en Europa un terremoto político, pero por otra parte un terremoto esperado y anunciado por todas las encuestas. En España, salvo por la irrupción de Podemos (que, en mi opinión, ha usufructuado en buena medida los votos que de otra manera hubieran ido a la abstención), los resultados han sido bastante similares a los aguardados: el hundimiento de los dos partidos mayoritarios. Tras las reformas y los brutales recortes acometidos por los gobiernos de Zapatero y de Rajoy no era previsible otro desenlace.

 

Es lógica y al mismo tiempo sorprendente la reacción del PSOE. Lógica porque algo tienen que hacer si no quieren ir al desastre total; sorprendente porque lo que ahora se cuestiona podía haberse cuestionado mucho antes. Las elecciones no han descubierto nada que no se supiera ya. El resultado era perfectamente predecible, como predecible es que no van a arreglar nada con apaños más o menos formales de ejecutivas y primarias, si no entran a fondo en el asunto de las políticas y de los contenidos.

 

Prolifera hoy una mística acerca de la necesidad de cambios en la estructura y en el funcionamiento de los partidos. Se afirma por doquier que deben abrirse a la sociedad. No diría yo que no, pero nos equivocaríamos y sobre todo se equivocarían las formaciones políticas si pensasen que todo el problema es de comunicación y que se soluciona con operaciones de puro maquillaje, tales como las de las listas abiertas o las primarias.

 

En múltiples ocasiones he mostrado mi escepticismo sobre las primarias; me mueven razones teóricas y prácticas. Teóricas porque las primarias se han acuñado en sistemas electorales presidencialistas, muy distintos del de nuestro país de corte parlamentario. Se da la inconsistencia de que hablamos de elecciones primarias cuando en nuestro sistema no existen las secundarias. No tenemos presidente de la República (nuestro sistema es monárquico) y al presidente del Gobierno, a los de las Autonomías y a los alcaldes, aun cuando a la opinión pública se le presente de diferente manera, no los eligen los ciudadanos, sino los respectivos parlamentos o consistorios. Es una costumbre ciertamente viciada y sin fundamento alguno en nuestro sistema jurídico el hecho de que las distintas formaciones políticas, alentadas por los medios de comunicación, centren toda la campaña sobre el cabeza de lista para hacer creer a los ciudadanos que eligen a quien no eligen.

 

Si se quiere ir a un sistema presidencialista, modifíquese la Constitución y nuestro ordenamiento jurídico. Pero lo que no parece tener mucho sentido es importar elementos concebidos para otros sistemas que están a años luz del nuestro, sin haber cambiado este previamente. Por otra parte, no hay certeza alguna de que los sistemas presidencialistas sean mejores y tengan menos defectos que los parlamentarios (cosa distinta es la República sobre la Monarquía). Los primeros propenden al caudillismo y aglutinan todo el poder en el elegido, ya que su legitimidad proviene directamente de los ciudadanos.

 

Los sistemas presidencialistas también propician el bipartidismo (en mi opinión, uno de los peores vicios de un sistema politico), puesto que los electores pensarán que solo es útil el voto concedido a aquellas formaciones políticas que tienen alguna oportunidad de que su cabeza de lista se convierta en presidente del Gobierno. Lo mismo ocurrirá en las elecciones autonómicas y municipales. No deja de ser paradójico que se pretenda presentar como democrática una hipotética norma jurídica que prescribiese la obligación de que el alcalde fuese siempre el cabeza de lista de la opción más votada.

 

Tampoco hay ninguna razón para pensar que la elección directa del secretario general de una formación política por todos sus militantes sea preferible o más democrática que la elección a través de los representantes en un congreso previamente elegidos por las bases. Todo depende de dónde se quiera situar la relevancia y la autoridad, si en los órganos colegiados o en los unipersonales. En los partidos de la izquierda era tradición que primasen los órganos colegiados y, por eso, el orden de elección seguía fases sucesivas: militantes, Congreso, Comité federal, Ejecutiva, secretario general. En realidad, este último era tan solo un primus inter pares en la Ejecutiva; incluso su denominación de “primer secretario” -que hoy solo subsiste en el PSC- lo indicaba de forma clara. Por el contrario, la elección directa por los militantes otorga tal autoridad al secretario general, que será muy difícil seguir defendiendo que el Comité federal es el supremo órgano entre congresos. Es verdad que el personalismo y el caudillismo son males que están muy presentes actualmente en las formaciones políticas, pero la elección directa no puede hacer más que agudizar esos defectos.

 

La realidad y la practica ha mostrado también en múltiples ocasiones el humo y la inconsistencia que se esconden tras la pretensión de primarias. No hace muchos meses que todos los medios y comentaristas de España se deshacían en alabanzas sobre el proceso seguido por los socialistas franceses con consulta a los simpatizantes, y se les ponía como ejemplo de apertura a la sociedad. Pero su efecto se ha evaporado como el humo ante los fallos de una política regresiva y entreguista a la estrategia de Merkel. Los resultados del 25 de mayo lo han dejado muy claro.

 

Los socialistas españoles harían bien en tener en cuenta el ejemplo de Francia. Los placebos y los fetiches duran muy poco, y errarían si creyesen que su crítica situación se puede solucionar cambiando de Ejecutiva, con primarias o con cualquier otro apaño formal u organizativo. En primer lugar, al igual que el resto de los partidos socialdemócratas europeos tienen un problema de credibilidad. Son ya muchos los años y los lustros en los que los ciudadanos han visto cómo sus actos contradecían su discurso, incluso aunque este fuese girando progresivamente a la derecha.

 

En segundo lugar, al igual también que el resto de partidos socialdemócratas, el PSOE, al asumir determinados principios y al dar su aquiescencia al proyecto europeo, y más concretamente a la Unión Monetaria, se ha cerrado toda posibilidad de defender y aplicar cualquier política de izquierdas. Esto último es también aplicable a todas las formaciones políticas que pretenden presentar un discurso más radical que el de los socialistas. Difícilmente su programa será algo más que un catálogo de buenas intenciones sin virtualidad práctica, si no incorporan como piedra angular de sus propuestas la necesidad de luchar para que la Eurozona se rompa y desaparezca la moneda única.