06-03-2015

No siempre es una guerra de divisas

 

Tras el anuncio por parte del BCE de su programa de expansión cuantitativa, con la consiguiente depreciación del euro y ante la bajada de tipos de interés por varios bancos centrales, los medios de comunicación, haciéndose eco de las opiniones de expertos e instituciones económicas y financieras, han comenzado a hablar de guerra de divisas.

 

Es un tema recurrente, una amenaza que se cierne en los momentos de crisis sobre los foros económicos internacionales. Los errores cometidos en los años treinta en Europa están aún en la memoria de los economistas y de los responsables políticos. Su recuerdo estuvo presente desde el primer momento al desencadenarse la crisis. Tanto en las reuniones del G-8 como en las del G-20 los mandatarios internacionales hicieron promesa solemne de no incurrir en los mismos errores.

 

Existe una especie de unanimidad acerca de lo inútil e incluso peligroso que resulta realizar devaluaciones competitivas, es decir, depreciar la moneda con la intención de ganar competitividad exterior y robar de esta forma un trozo de tarta al vecino. Inútil porque es muy probable que los vecinos reaccionen de la misma manera, con lo que se perderá la ventaja anteriormente ganada. Y perjudicial porque se puede entrar en una cascada de devaluaciones en la que cada país pretenda mediante las sucesivas depreciaciones de su moneda contrarrestar las actuaciones de los otros países. El único resultado será finalmente la inestabilidad cambiaria con efectos perversos para las economías y el tráfico mercantil y financiero internacional.

 

El argumento es perfectamente correcto, pero lo que no se entiende es por qué no se aplican los mismos razonamientos cuando se trata de la devaluación interna, esto es, cuando los países pretenden ganar competitividad frente al exterior empleando otros factores distintos del tipo de cambio, por ejemplo, los costes salariales o las condiciones laborales y fiscales. La mayoría de los que desaprueban el empleo del tipo de cambio como medio de ganar competitividad no tienen ningún reparo (es más, lo aconsejan y lo ofrecen como receta necesaria de política económica) en que se reduzcan los salarios, se reforme el mercado laboral y se aminoren las prestaciones sociales, los impuestos y las cotizaciones sociales con la finalidad de ser competitivos, sin considerar que, al igual que en el caso anterior, estas medidas serán copiadas por los otros países y perderán por tanto toda efectividad.

 

Contradicción tan evidente solo puede obedecer a una posición ideológica. Sin duda, no son razones económicas las que se encuentran detrás, sino los intereses y conveniencias de las clases altas y de los grupos económicos de presión. Resulta increíble que haya arraigado entre la mayoría de los mandatarios europeos el mensaje de la canciller alemana acerca de la conveniencia de que todos los países practiquen una política deflacionista, dado que estas actuaciones por principio se anularán mutuamente sin que tengan otro efecto práctico más que la posible reducción de la parte dedicada a los trabajadores en la renta nacional o la disminución de la acción social del Estado.

 

Pero continuando con el tema que sirve de título a este artículo, no toda devaluación está inserta en una guerra de divisas. Los cambios en las cotizaciones de las monedas pueden ser totalmente necesarios para corregir desequilibrios en la balanza de pagos. Hay una realidad evidente en economía, los déficits y superávits exteriores no pueden ser ilimitados, ya que no lo es la capacidad de endeudamiento. Todo déficit de la balanza por cuenta corriente debe ser financiado con capital exterior y todo superávit por fuerza tiene que colocarse en activos extranjeros.

 

Casi se puede asegurar que los déficits excesivos son indicador seguro de una futura crisis. Cuando los desequilibrios afectan a las economías más fuertes del mundo terminan en una recesión sistémica. Esto es lo que ha ocurrido en la reciente crisis mundial en la que los déficits (principalmente de los Estados Unidos y de los países del sur de Europa) y los superávits (de China y Alemania entre los más importantes) se habían ido incrementando de forma generalizada desde el año 2000 hasta alcanzar en 2007-2008 niveles prácticamente insostenibles.

 

Un país con un déficit excesivo en su balanza de pagos no tiene más remedio que tomar medidas. Se suele decir que lo que tiene que hacer es cambiar el modelo económico, de manera que se incremente su productividad, pero eso es más fácil de decir que de hacer y desde luego no es previsible que la transformación se realice a corto plazo. En la actualidad, con la aceptación generalizada del libre cambio, a la mayoría de los países les está vedado acudir a ciertos instrumentos proteccionistas tales como contingentes, aranceles, subvenciones a la exportación, etc., con lo que solo queda disponible la modificación del tipo de cambio. En condiciones normales, este lo fijaría el mercado siempre que los gobiernos no interviniesen, excepto para evitar movimientos espasmódicos de la demanda u operaciones especulativas.

 

Desde 2008 las cotizaciones de las distintas divisas han evolucionado de manera que se fuesen cerrando las brechas existentes en las balanzas de pagos. Durante bastantes años el crecimiento de China se ha fundamentado en tener un tipo de cambio infravalorado que le permitía exportar una gran parte de su PIB, pero que también le obligaba a mantener un nivel muy alto de activos frente al exterior. En 2006 el superávit de su balanza de pagos alcanzó casi el 10% del PIB. Tras el estallido de la crisis, aunque reacia a corregir este desfase, se vio obligada a hacerlo por la presión internacional y sobre todo por la política monetaria expansiva de Estados Unidos. En los momentos actuales su superávit se ha reducido al 2%.

 

Lo mismo pero en sentido opuesto ha sucedido con Estados Unidos. Su déficit ascendía al 6% en 2007. Tras la crisis y ante la reticencia china a elevar la cotización del yuan y la de Alemania a corregir el superávit que venía manteniendo en la balanza de pagos, aplicó una política monetaria coherente, la expansión cuantitativa del crédito, con lo que el dólar se depreció y su déficit por cuenta corriente se reduce en la actualidad al 2%.

 

Es Europa la que viene a complicar este tablero. En 2007 la balanza de pagos de la Eurozona se encontraba en equilibrio, pero esta aparente tranquilidad escondía fuertes desajustes internos. El superávit de Alemania rondaba el 7%, mientras que los países del Sur llegaron por esas fechas a superar en algunos casos, como Grecia y España, el 10% de déficit. El problema radicaba y radica en que en este caso la corrección no se puede hacer vía tipo de cambio puesto que todos los países tienen la misma moneda. Aquellos con déficit se han visto en la necesidad de cerrar la brecha en su balanza de pagos por otros procedimientos mucho más traumáticos y dolorosos, recesión, paro, disminución de salarios, pérdida de derechos sociales, etc.

 

Alemania, por el contrario, no ha dado ni un paso para corregir su superávit, con lo que en estos momentos el conjunto de la Eurozona presenta un superávit en su balanza de pagos del 3%; situación que casa mal con la política del BCE de reducir la cotización del euro. Esta reducción es una necesidad para la mayoría de los países de la Unión Monetaria, pero sin la corrección del superávit alemán causa graves problemas al resto de las economías.

 

No se puede afirmar que Turquía, India, Indonesia, Canadá, Brasil, Perú, etc., se adentran en una guerra de divisas simplemente porque reaccionan y pretenden modificar su tipo de cambio con la finalidad de cerrar la brecha de su balanza de pagos que en algunos casos ronda peligrosamente el 5%. Cosa distinta es el caso de China, ya que con un superávit del 2% no hay ninguna razón que justifique una posible depreciación del yuan.

 

Una vez más son China y Alemania las que complican el panorama cambiario internacional, especialmente esta última debido a que, al pertenecer a la Eurozona, su moneda, el euro, no puede apreciarse cómo sería necesario, sin hundir a los otros países miembros. La permanencia del enorme superávit alemán (7% del PIB) no solo daña las otras economías de la Unión Monetaria y coloca a esta contra las cuerdas, sino que complica gravemente el escenario cambiario internacional.