06-02-2015

Grecia reta a los halcones

 

Parece incuestionable que, tras la victoria de Syriza en las pasadas elecciones, Grecia se ha colocado en el centro de Europa, al menos en el de las preocupaciones de los mandatarios de la Eurozona. En realidad, la inquietud venía ya de antes, lo que explica que desde Alemania se recurriese al miedo para presionar aunque, como se ha visto, con escaso éxito a la sociedad griega con la finalidad de impedir el triunfo de Alexis Tsipras.

 

Es lógico que la Europa de los despachos oficiales se intranquilice puesto que lo que no había previsto es que tras la inestabilidad económica llegase la política. A las poblaciones no se las puede oprimir y pisotear impunemente, al menos mientras subsistan mecanismos medianamente democráticos. Tan solo un régimen dictatorial es capaz de realizar y mantener una involución tan fuerte en materia social como la realizada en los últimos años en el país heleno sin consecuencias.

 

El nerviosismo de las cancillerías se traslada a las sociedades en forma de discurso mendaz y fulero con el que se pretende conjurar el peligro que ven surgir en Grecia. Acerca de este país se está construyendo estos días un imaginario irreflexivo y pueril. Se presenta, por ejemplo, a la sociedad griega y a su Gobierno enfrentados al resto de la Eurozona y con intereses contrapuestos. Nada más lejos de la realidad. La batalla que antes o después se tiene que dar en Europa será entre deudores y acreedores. El problema de Grecia es el mismo que el de todos los países del Sur, incluso en cierto modo que el de Italia y el de Francia.

 

Sí es posible que el Gobierno griego no encuentre muchos apoyos en el Eurogrupo. Preludio de ello fue el encontronazo que personificaron el presidente de esta institución, el holandés y perteneciente al grupo más duro de los halcones, Jeroen Dijsselbloem, y el ministro de Finanzas heleno, Yanis Varufakis. Pero esta colisión lo único que indica es que algunos o muchos de los presidentes de gobierno, por distintas razones, no están defendiendo los intereses de sus respectivas naciones, al igual que no lo hacía en Grecia Samaras, por lo que ha sido desalojado del gobierno.

 

No deja de resultar curioso que sean los gobiernos de España, Portugal e Irlanda los que están adoptando la postura más intransigente ante las reivindicaciones griegas cuando debían situarse a su lado. Porque aunque pretendan convencernos y convencerse de que la situación de sus países es distinta a la del país heleno lo cierto es que son más los parecidos que las diferencias; estas, qué duda cabe, existen pero, aunque con distintos matices, todos participan del mismo problema.

 

El alegato de que España, Portugal e Irlanda han superado ya las dificultades, gracias a que han practicado las reformas y los recortes adecuados y es por esa senda por la que debe andar Grecia, no se sostiene, ya que en ningún país como en Grecia se ha aplicado la política suicida de la austeridad. Pero es que, además, es falso que las dificultades se hayan superado, por ejemplo en España. Unos trimestres de crecimiento no indican nada. Ahí está el insoportable porcentaje de paro, y sin visos de que alcance a corto plazo unas cifras sostenibles. Las pensiones y los salarios, tanto del sector público como del privado, no han recuperado ni recuperarán el poder adquisitivo perdido. Tampoco se han restaurado los derechos laborales suprimidos. El gasto en los servicios y prestaciones sociales y en los bienes públicos no ha retornado ni parece que haya ninguna voluntad de que retorne a los niveles de 2007, aun cuando entonces ya nos encontrábamos a la cola de los países de Europa, y lo mismo cabe afirmar de la inversión pública. Pero lo más grave de todo es que no existe ninguna garantía, más bien cabe decir que hay la certeza de todo lo contrario, de que, mientras subsistan las mismas reglas de juego, no volverán las dificultades y con una nueva vuelta de tuerca.

 

La postura intolerante frente a Grecia de los gobiernos de España, Portugal e Irlanda está dictada por sus propios intereses políticos. El mínimo éxito de las actuales autoridades griegas puede dejar en berlina sus discursos y sus acciones pretéritas. En España, tanto Zapatero como Rajoy han pretendido justificar las medidas acometidas en el brutal desmantelamiento del Estado social por la necesidad económica y las imposiciones de Europa. “No había otro camino, se trataba de evitar males mayores”. No pueden consentir ahora que sus ciudadanos conozcan que sí había otras soluciones y que la situación podría haber sido muy distinta si aquella noche fatídica de mayo de 2010 todos los países del Sur se hubieran plantado ante Merkel. Entonces, sin duda habría sido mucho más fácil el pulso, puesto que las deudas estaban en gran medida en manos de los banqueros alemanes, lo que colocaba al Gobierno de ese país en posición de mayor debilidad. La intransigencia de las autoridades españolas, portuguesas e irlandesas obedece al miedo al contagio, conscientes de que una parte mayoritaria de sus sociedades, e incluso de las de Italia y Francia, mantienen una postura similar o parecida a la de Syriza.

 

Entre los tópicos que hoy circulan se encuentra el que pretende explicar la falta de soberanía de Grecia recurriendo a su endeudamiento. El que paga manda, los deudores se hacen vasallos de los acreedores, afirman. Tal aseveración no es totalmente cierta, la pérdida de soberanía no tiene su origen en el simple endeudamiento, sino en el endeudamiento en una moneda que no se controla. Es la Unión Monetaria la que ata las manos de los gobiernos y los entrega a los vaivenes de los mercados, y es la pertenencia a la moneda única la que crea las mayores dudas acerca de la posibilidad de que Syriza mantenga su postura, en especial si el contagio no se produce y Grecia se encuentra sola en la lucha.