03-07-2015

La ruptura del Euro

 

Hace algunos días, Paul Krugman hizo un breve examen de conciencia acerca de lo que había escrito en esta última década marcada por la crisis. ¿En qué acerté y en qué me equivoque?, se pregunta el premio Nobel. La verdad es que sería muy conveniente que esta misma cuestión se la planteasen la totalidad de los economistas, y no solo en referencia a los últimos diez años, sino desde el momento en que se empezó a hablar de la moneda única. Serían muchos los que, si tuvieran un ápice de honestidad, colgarían para siempre los hábitos de profesionales de la ciencia lúgubre y se dedicarían a templar el clarinete o al juego del pinacle. Pero tal vez por eso no lo hacen y, como la memoria histórica es muy frágil, son capaces de jurar que dijeron lo contrario de lo que dijeron y hacernos comulgar con ruedas de molino.

 

El caso de Paul Krugman es muy diferente. Han sido muchos más los aciertos que las equivocaciones, y en el caso de estas últimas, el error es relativo; entre ellas hay que incluir los pronósticos que hizo acerca de la caída del euro. Afirma, y tiene razón, que su análisis acerca de la economía de la Eurozona y sus problemas fue lúcido pero que, no obstante, sobrestimó en mucho el riesgo de ruptura.

 

Resulta extremadamente interesante detenernos en las razones que Krugman aduce para esta sobrestimación: "Entendí mal la economía política: no caí en la cuenta de lo dispuestas que estarían las elites europeas en imponer un sufrimiento generalizado en nombre de la permanencia de la Unión Monetaria. En relación con lo anterior, tampoco me di cuenta de lo fácil que sería manipular una modesta mejora económica y convertirla en un éxito, incluso después de años de horror".

 

Una cosa es la doctrina económica y otra, los intereses políticos y financieros. Desde la óptica de los postulados económicos, es evidente que el proyecto de la Unión Monetaria es un engendro y que lo mejor que se podría hacer sería reconocer el error en que se ha incurrido y disolver de la mejor forma posible la sociedad. Pero después están las razones políticas, los enormes intereses que se mueven detrás del euro y los que están dispuestos a mantenerlo contra viento y marea, pagando cualquier precio por muy irracional que sea. Bien es verdad que los pagos se hacen con dinero ajeno, ya que el coste no recae sobre las elites europeas sino sobre las poblaciones, especialmente sobre las clases más deprimidas.

 

Los intereses políticos y económicos y la indiferencia de las elites hacia el sufrimiento social de amplias capas de población son las razones que explican el mantenimiento de la Eurozona. Hay, sin duda, algo más: la paciencia y resignación de las clases populares que están pagando el enorme coste de estar en el euro. A esa docilidad no es ajena, por una parte, una disertación convertida en hegemónica acerca de que no hay marcha atrás y que la ruptura del euro sería una hecatombe económica de consecuencias imprevisibles y, por otra, la manipulación de la opinión pública, señalada también por Krugman, para convertir una ligera y transitoria mejora económica en un gran éxito y en el anuncio a bombo y platillo del fin de la crisis.

 

Krugman confiesa también que no dio suficiente importancia a la función de prestamista en última instancia del BCE y reconoce que si el euro aún sobrevive es gracias a esta institución. No hay nada de extraño en ello. Una vez que los Estados habían perdido la soberanía monetaria, el BCE era el único que podría enfrentarse a los mercados y parar su ofensiva. Ahora bien, el hecho de que lo haya conseguido de momento no significa que haya desaparecido el riesgo de ruptura de la Eurozona. Ganar tiempo no es lo mismo que solucionar los problemas. Las contradicciones continúan existiendo. En economía, con frecuencia, con parches se consigue retardar la explosión, pero esta termina llegando.

 

Es cierto que la actuación del BCE ha reducido sustancialmente las primas de riesgo de países como Italia o España, pero en una unión monetaria el mismo concepto de prima de riesgo no debería tener sentido, porque se supone que en todos los países tendría que regir el mismo tipo de interés. El BCE no logra tampoco, a pesar de su política de expansión monetaria, reducir sustancialmente el tipo de cambio del euro. ¿Pero cómo hacerlo cuando la balanza por cuenta corriente de Alemania tiene un excedente anual del 7% del PIB, ocasionando que la Eurozona en su conjunto alcance un superávit superior al 3%? ¿Con estas cifras puede EEUU consentir que el dólar se aprecie más frente al euro? Lo que es bueno para Alemania no lo es para Italia, España o incluso Francia, y la carencia de una unión fiscal cuestiona seriamente la viabilidad de la Unión Monetaria.

 

Pero el ámbito político no está exento de menores interrogantes. No hay ninguna duda de que las elites europeas han apostado por mantener por todos los medios el euro, aunque para ello hayan tenido que someter a sus sociedades a enormes sacrificios. Es más, se puede incluso preguntar en qué porcentaje la ecuación no funciona al revés, ¿uno de los efectos que se buscan con la Unión Monetaria no es, acaso, obligar a las poblaciones a que acepten una serie de medidas que de otra manera no tolerarían; es decir, el euro como principal instrumento de coacción para implantar de forma generalizada un programa rabiosamente neoliberal orientado a la destrucción de todas las conquistas sociales conseguidas en siglo y medio.

 

La incógnita se encuentra en saber hasta cuándo las sociedades estarán dispuestas a soportar esta situación y cuánto tiempo funcionará el chantaje de que no hay marcha atrás. El caso de Grecia es sumamente ilustrativo. Cualquiera que con cierta objetividad analice la economía helena llega a la conclusión de que después de cinco años de consumir la medicina de la Troika su situación es crítica: ha perdido el 27% del PIB y el gasto de las familias se ha reducido en un 33%; el paro asciende al 27% de la población activa y la deuda pública al 180% del PIB; los salarios han caído un 37% y las pensiones hasta un 48%.

 

Continuar por esta senda es un suicidio y todo el mundo es consciente de que así no podrá pagar la deuda. No obstante, las instituciones y los mandatarios europeos han sido inflexibles en la negociación. De ninguna manera han estado dispuestos a conceder ningún respiro al Gobierno griego. Podría ser un pésimo ejemplo para las poblaciones de los otros países. Se exigía una derrota total. Lo que estaba en cuestión no era un asunto económico -mayor o menor déficit-, ni siquiera mayores o menores recursos en el rescate. (El 2% de la eurozona no puede ser un problema). Era ante todo un tema ideológico. Los ajustes no debían hacerse elevando las cotizaciones sino reduciendo las pensiones; había que incrementar el IVA a los bienes de primera necesidad, pero no gravar los artículos de lujo ni subir el impuesto de sociedades.

 

Los españoles hemos sufrido en propia carne (no tanto como los griegos) las imposiciones del BCE y demás instituciones europeas y su total falta de neutralidad: reforma del mercado laboral para forzar la reducción de los salarios, reforma del sistema de pensiones e incrementos en el IVA. No estamos ante prescripciones económicas, sino ante puro sectarismo ideológico. La prueba más palpable es que los que ahora se muestran tan rígidos con Grecia no tuvieron ningún problema en que, tras el rescate, Irlanda mantuviese un tipo de sociedades superreducido y que continúe practicando un dumping fiscal que perjudica al resto de los países miembros. Y es que ese tipo de medidas está en la naturaleza de la Troika y de los gobiernos que la sustentan.

 

No es extraño, por tanto, que haya una palabra que a las elites europeas les produzca urticaria: referéndum. En dos ocasiones, ante una situación desesperada, el país heleno ha recurrido a él. Hace cuatro años con Papandreu. Sabemos el desenlace. Merkel y Sarkozy maniobraron para sustituirle por Lukás Papadimos, un tecnócrata designado a dedo que había sido vicepresidente del BCE.

 

La segunda ocasión acaba de producirse ahora. Dadas las condiciones draconianas y regresivas que las autoridades comunitarias ponían en la negociación, Alexis Tsipras ha optado por consultar al pueblo. ¿Hay algo más natural y democrático? Pues bien, el Eurogrupo y las elites europeas se lo han tomado como una declaración de guerra, como un órdago a todo el sistema. Y es que en realidad lo es. El proyecto europeo de desarticular todo el Estado del bienestar casa mal con los procedimientos democráticos. Solo desde la autocracia puede llevarse a cabo.

 

Eso explica todas las medidas que la Unión Europea está llevando a cabo para torcer la voluntad de los griegos y coaccionarlos en el referéndum. De ahí que el Eurogrupo se haya negado a prorrogar el rescate por una semana para continuar con las conversaciones después de saber la opinión de los helenos, como hubiese sido lógico si realmente existía, tal como decían, voluntad de diálogo. En realidad quien ha roto las conversaciones ha sido el Eurogrupo y de forma desabrida. El Gobierno griego únicamente pedía una pequeña prórroga para consultar a su población y saber a qué atenerse. Pero eso era lo que los mandatarios europeos no podían permitir: que se pregunte a las sociedades.

 

De ahí también que el BCE, faltando a sus obligaciones más elementales de prestamista en última instancia de la banca, haya cerrado el grifo a las entidades financieras helenas obligándolas a establecer el corralito, para predisponer a los griegos en el referéndum. Las competencias del BCE no son privilegios de unos tecnócratas de Frankfurt, sino trozos de soberanía prestados por los Estados nacionales. Si Grecia precisa ahora al BCE es porque se confirieron a este organismo las funciones del Banco de Grecia, y el BCE incumple lo acordado.

 

El papel más patético lo han asumido los gobiernos de la mayoría de los países de la Eurozona (entre ellos, el nuestro) que se deberían haber puesto en contra de Alemania y al lado de Grecia, y sin embargo han hecho lo contrario, sin considerar que pueden verse dentro de poco en una situación parecida a la del país heleno. Al menos los ciudadanos tendríamos que tomar conciencia del coste que estamos pagando por la permanencia de la Unión Monetaria: la desaparición de todo vestigio democrático y la muerte del Estado social, amén de mantener siempre sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de una nueva recesión que obligará a nuevos ajustes.