03-01-2014

Divergencia y desigualdad

 

Con motivo de la publicación por Eurostat de los datos relativos a la renta per cápita de los distintos países de la Unión Europea, abundan estos días las columnas y los artículos resaltando la divergencia que se está produciendo en Europa entre los distintos Estados. Grecia, Portugal, Irlanda, España, incluso Italia y Francia, han perdido posiciones con respecto a la media europea. Lo curioso es que ahora haya quien se sorprenda de ello. Ya desde la aprobación del Tratado de Maastricht, algunos pronosticamos que la convergencia nominal se traduciría en divergencia real. Era de sobra conocido por los economistas que una unión monetaria incrementa la desigualdad entre las regiones y que se precisan fuertes instrumentos de cohesión social para evitar la acumulación progresiva de desequilibrios, instrumentos de los que la Eurozona carece. Los Fondos de Cohesión, a pesar de la jactancia de Felipe González, eran un remedo sin potencialidad alguna.

 

Afirmar que la recesión es la causante de este proceso de divergencia es quedarse en la superficie o en la cáscara del problema. Corresponde a un análisis sumamente reduccionista, y quizá interesado, propio de los que pretenden acotar las responsabilidades a partir de 2007. La crisis, al ser internacional, ha afectado a todos los países; es sin duda motivo de empobrecimiento general, pero el origen de que los ingresos por habitante en los países del Sur se hayan reducido frente a la media europea, mientras que en Alemania y en algún que otro Estado satélite hayan aumentado, hay que buscarla en otra parte. Ni siquiera la política de austeridad de Merkel puede ser la razón principal; ha sido, si se quiere, un agravante, pero el origen, guste o no, se encuentra en el euro y en la construcción de un proyecto disparatado. Todo sería más fácil si fuera de otra manera; las crisis se remontan, las políticas se cambian, pero deshacer una unión monetaria imposible presenta muchos más obstáculos.

 

El proceso de divergencia no comienza en 2007, como algunos nos quieren hacer creer y como equivocadamente podemos concluir si solo nos fijamos en la renta per cápita. Esta variable no recoge el endeudamiento y, por tanto, oculta que los teóricos crecimientos económicos producidos en países como España en los años anteriores estaban apalancados, eran a crédito, crédito que antes o después habríamos de acabar pagando. El “España va bien” de Aznar y las fanfarronadas de Zapatero vanagloriándose de que España había sobrepasado a Italia en la renta per cápita tenían un gusano interno que no querían ver: un déficit creciente en la balanza de pagos con su correspondiente endeudamiento externo. Como burgueses venidos a menos, nos endeudábamos y fardábamos de los que no teníamos.

 

Estos procesos basados en un tipo de cambio irreal son de sobra conocidos. El resultado es la devaluación de la moneda y un aparente empobrecimiento generalizado, y digo aparente porque aparente era el enriquecimiento anterior. Lo único que hace se consigue a través de la depreciación del tipo de cambio es dejar las cosas en su sitio. Así ocurrió a finales de los ochenta y principios de los noventa con nuestra pertenencia al Sistema Monetario Europeo. Las cuatro devaluaciones (entre septiembre de 1992 y marzo de 1995) devolvieron la cotización de la peseta a su punto de equilibrio y la renta per cápita de nuestro país perdió posiciones con respecto a la media europea, aunque, eso sí, en menor cuantía que lo hace en los momentos actuales, puesto que la irrealidad en los años anteriores también había sido menor.

 

El fenómeno en la actualidad no viene enmarcado en una devaluación de la cotización de la moneda -lo que resulta imposible al tratarse del euro-, pero cuando el cortocircuito no puede producirse en el ámbito monetario (devaluación) se traslada al real con recesión, paro y lo que se denomina “devaluación interna”, que no es otra cosa más que reducción de salarios, recortes de bienes y servicios públicos.

 

Ambos procesos presentan, no obstante, grandes diferencias. La devaluación de la moneda, aunque conlleva costes, termina por solucionar el problema; la deflación interna está por demostrar que saque del estancamiento y de la recesión a aquel país cuya relación de intercambio sea irreal. Pero lo que especialmente interesa destacar es la diferencia en la asunción de costes. Mientras que la devaluación de la moneda los distribuye más o menos por igual entre todos los ciudadanos y todos se empobrecen frente al exterior, los ajustes experimentados en la economía por el mantenimiento en el euro se reparten de manera muy desigual, incidiendo fundamentalmente sobre las clases bajas.

 

El último informe Foessa presentado hace unos meses indicaba que la cifra de 18.500 euros que como renta promedio recibieron los españoles en 2012, es inferior en términos de capacidad adquisitiva a la que ya existía en el año 2001. Asimismo, desde 2007 la renta media ha caído un 4%, mientras que los precios se han incrementado en un 10%, lo que ha provocado un deterioro de las rentas de los ciudadanos españoles sin parangón en las últimas décadas. Con todo, el rasgo más preocupante, según el propio informe, es el aumento sin precedentes de la desigualdad, ya que desde 2006 los ingresos de la población con rentas más bajas se han reducido cerca del 5% en términos reales cada año, mientras que la renta de los hogares más ricos ha seguido incrementándose.

 

Ello explica que el stablishment no quiera oír hablar de la ruptura del euro. Los costes son muy altos de cualquier modo, pero la diferencia se encuentra en su distribución. Las clases altas no están dispuestas a pagar peaje. Zapatero en esa cruzada emprendida para justificar su etapa de gobierno, ha afirmado que aquella noche fatídica de mayo de 2010 la Eurozona estuvo al borde de la ruptura. Lo dudo. El coste, afirma, hubiese sido tremendo. ¿Para quién? Para algunos, seguro que sí; para otros, no creo que mayor que el que están soportando.